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A vosotras, hermanas de infortunio, dirijo estas líneas, que,
aunque escasas de conocimientos científicos y literarios, son dirigidas
con la sinceridad que a todos los convencidos nos caracteriza, y encaminadas
a conquistar nuestro puesto ante la sociedad, que hoy y siempre nos ha
despreciado y forma de nosotras míseras esclavas del hombre y víctimas
del maldito convencionalismo.
El clero, en su afán de dominar y explotar, ha atrofiado nuestro
cerebro con creencias absurdas, imponiéndonos una moral errónea
y ridícula que cohíbe toda nuestra libertad y nos reduce
a la inferioridad en que hoy nos hallamos colocadas.
La mujer, ¿que es hoy? Según asegura no recuerdo qué
autor, el número dos de la Naturaleza.
¿Ha tratado por ventura esa sociedad de que formamos parte, y en
la que solamente desempeñamos un papel secundario de elevarnos
a la dignidad de compañeras del hombre?
¡Nunca! ¡Nunca!
Únicamente nos ha considerado como un objeto de arte y de lujo
donde satisfacer sus caprichos.
Hoy el sindicalismo moderno revolucionario, con su raudo vuelo trata de
redimir a la desdichada humanidad oprimida, nos dignifica y nos da los
derechos de que carecemos.
¡No somos nosotras, no, las culpables!; es la sociedad que con su
régimen egoísta y autoritario, nos sepulta en esa atmósfera
pestilente, con las trabas que, impuestas a la sabia naturaleza da horribles
resultados, y es, en fin, esa deficiente educación que recibimos,
lo mismo de nuestros padres, como de imbuidos pedagógicos.
Compañeras mías: arrojemos esa máscara con que pretenden
encubrirnos y el sol del mediodía purificará con sus rayos
la enrarecida atmósfera que hoy respiramos.
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