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PRÓLOGO
DE FELIPE ALAIZ
EPÍLOGO DE JOSÉ VILLAVERDE
Nota de Veu Obrera: Hem posat en negreta alguns paràgrafs sense
cap intenció de destacar-los de la resta del contingut del llibret.
Ho hem fet per la sencilla qüestió que ens hi hem aturat a
rellegir-los.
Prólogo rápido.
Este trabajo se publicó en España en 1930. El C.N. del
M.L.E. en Francia decide reimprimirlo y me ruega ponga unas palabras de
prólogo.
A pesar de mis convencimientos de que los prólogos son innecesarios
o por lo menos poco útiles, ya que el autor escribe para los lectores
y éstos leen una obra, por la firma que les interesa y no por la
del prologuista; a pesar de que el nombre de Peiró no necesita
presentación ni elogio porque su vida y su muerte han desbordado
las mezquinas pasiones que perturban el mundo más aún que
el estrépito de las armas; a pesar de que el nombre de Peiró
resume como pocos una actividad apasionada y una entereza ejemplar al
caer asesinado por la horda falangista, acepto la idea de prologar brevemente
la obra del compañero inolvidable como un homenaje a su memoria.
Toda la obra doctrinal surgida de los medios confederales ha de presentarse
a la libre plática y ha de hacerse sin excusa ni tardanza. No se
estudió bien la doctrina en los años de lucha porque la
lucha acaparaba a los hombres y si les daba temple a veces les apartaba
en muchas ocasiones de la reflexión, de la compulsa y de la serenidad.
Peiró es el luchador cauto que se impone un alto para la reflexión.
Y ésta es una de las cualidades del compañero cuyo recuerdo
nos es tan estimable. Leed sus palabras. No importa que algunas pugnen
con íntimas convicciones. Siempre os dará una tónica
de base, un motivo de interés, una iniciativa de arranque y sobre
todo un convencimiento sincero de su experiencia. Siempre habrá
en su pensamiento un caudal de enseñanzas vividas, comprobables,
honestas, un repertorio de hechos y de interpretaciones, una claridad
que tiende a la armonía, una vehemencia flexible y educadora. ¿No
es bastante ya en el ambiente de confusión mental que domina desgraciadamente
en nuestros medios?
El epílogo de la obra de Peiró lo firma un compañero
sacrificado como él a la antropofagia franquista, José Villaverde,
figura destacada también como pocas entre los protagonistas del
período de lucha que la CNT inició al final de la guerra
europea con un ardor no igualado en ninguna latitud del planeta contra
la España de los privilegios.
Los dos nombres, Peiró y Villaverde, bien pueden ir unidos en nuestra
predilección y en nuestra simpatía. Queden pues, con su
obra y sus merecimientos en aquella región que todos tenemos en
nuestra intimidad.
Por mi parte, pocas palabras más. El prologuista de este libro
en su primera edición, Salvador Quemades, afirma en la página
7 del prólogo: "A servidumbre económica corresponde
servidumbre política". Ningún broche mejor para cerrar
estas líneas. Quede, pues, cerrado este segundo y rápido
prólogo con ellas y que la serenidad y la reflexión nos
guíen a todos.
Felipe ALAIZ.
Toulouse, enero 1945.
Problemas
del Sindicalismo y del Anarquismo
I. PROBLEMA DE COMPRENSIÓN.
Históricamente está comprobado que cada cataclismo trascendental,
como lo ha sido la guerra mundial, conlleva como secuela fatal e inevitable
un desequilibrio universal de todos los valores de la sociedad. Como el
individuo, la sociedad hállase sujeta a las leyes de la biología,
que regulan con exactitud inexorable todo su sistema de vida. Para los
cuerpos sociales las guerras son lo que las enfermedades para los cuerpos
humanos: durante la enfermedad o en período de convalecencia, operase
la crisis, y ello, en todo caso, significa una mutación que arrebata
de la muerte y sana al paciente, unas veces, pero que en otras produce
la muerte o, arruina la naturaleza del mismo. El problema, pues, consiste
en saber evitar esas crisis o, en su defecto, en saber aplicar medidas
terapéuticas que eviten la muerte y la ruina física del
cuerpo paciente.
Para los cuerpos sociales, el razonamiento tiene una aplicación
relativa, puesto que la muerte de los sistemas político-económicos
no implica necesariamente la muerte de los cuerpos sociales. No hemos
sabido dar muerte al sistema político económico, causa fundamental
de la enfermedad expresada por la monstruosa guerra, y he ahí la
crisis que en el presente arruina la naturaleza del conjunto social con
sensible y hondo perjuicio de las partes, aunque más vitales, más
humildes, del cuerpo paciente.
La reconstitución económico-industrial del mundo opérase
en un sentido unilateral. Contrariamente a lo más elemental de
la lógica, el capitalismo va saliendo de la guerra y sus consecuencias
mucho más reforzado como sistema que al entrar en ella, ya que
el panorama económico-industrial del mundo nos dice con harta elocuencia
que es el capitalismo el único factor determinante en el orden
de la producción y de las valoraciones, todo ello como resultado
de la inteligencia y la solidaridad del capitalismo y de las nuevas modalidades
de la organización de la producción. Y una vez más
aparece confirmado el concepto materialista de la historia: poseyendo
el capitalismo el dominio absoluto en el orden económico-industrial,
posee la fuerza de los Estados, y la fisonomía de la organización
político-social de los pueblos es expresión de la soberana
voluntad del capitalismo.
El fascismo que, más o menos disfrazado, impera en todos los países,
es buena prueba de cuanto decimos, y prueba, además, que los factores
sociales que mejor se libran de las consecuencias de la crisis universal
provocada por la guerra, son aquellos que mejor saben renovarse espiritual
y orgánicamente. El hecho de que el capitalismo haya entrado en
una nueva fase del proceso de su evolución como clase, demuestra
que en él existe el sentido de la continuidad, que es un sentido
de adaptación al medio y lugar, razón tan fundamental para
la supervivencia como esencial para la superación colectiva.
Lo interesante ahora es saber que para el Sindicalismo y Anarquismo aun
es tiempo de renovarse espiritual y orgánicamente.
* * *
Pocos anarquistas y sindicalistas nos apercibimos de que la guerra, como
anteriormente la Revolución francesa y, antes de ésta, todas
las revoluciones religiosas y políticas, significaba la revolución
de todos los valores, no ya sólo político-económicos,
sino de todos los valores morales y espirituales, lo que siempre tiene
una enorme trascendencia en el orden de las estructuraciones doctrinales
y colectivas. El prejuicio expresado por la locución «obrar
sobre los hechos», tan peculiar entre sindicalistas y anarquistas,
muchas veces no nos deja ver que hay hechos cuya compleja naturaleza dificulta
extraordinariamente toda acción sobre ellos, hechos que generalmente
rechazan toda suerte de improvisaciones, que exigen no sólo el
conocimiento de su existencia, sino, además, la previsión
de su existencia y un constante estudio sobre ellos.
El exceso de confianza en la justicia de la causa que defendemos y en
la fuerza colectiva representada, nos hizo perder de vista todas esas
realidades.
No otra cosa le ha ocurrido a una buena parte de la burguesía.
Ella aprovechó los beneficios extraordinarios de la guerra para
ampliar las industrias y para lanzarse a una vida de escandalosos faustos,
pero sin pensar en la renovación del utillaje con arreglo a las
modernas manifestaciones de la técnica; y así el término
de la guerra, que había de ser el principio del restablecimiento
del equilibrio de la producción, ya que con el término de
aquélla la industria de guerra se trocaba en industria de paz;
el término de la guerra, repetimos, ha sido el fracaso industrial
de esta parte de la burguesía imprevisora, cuando no inepta técnicamente.
Ese mismo defecto de previsión debemos cargarnos en cuenta los
anarquistas y sindicalistas, por no hablar más que de nosotros.
Bien cierto es que durante la guerra, y aun después de ella, hemos
sido nosotros los que mejor supimos aprovechar las posibilidades para
mejorar sensiblemente la suerte económica, moral y humana del proletariado;
nadie más que nosotros, sobre todo en España, supo llegar
a todos los sacrificios con el fin de que la gloriosa C N T se nimbara
con la aureola de los grandes precursores de las más altas reivindicaciones
sociales, pero cierto es, también, que no hemos sabido prepararnos
ni preparar a las masas trabajadoras para hacer frente al presente momento
de hegemonía capitalista, preparación que no debía
referirse solamente al aspecto colectivo y de táctica ofensiva,
sino también, y quizá en primer plano, en el orden de la
estructuración orgánica y de la fortaleza espiritual para
comprender y resistir los momentos de adversidad circunstancial.
Hemos educado a las masas por y para los triunfos, en manera alguna por
y para las derrotas, tan naturales en las luchas intensas y accidentadas
por demás, cual las que, lógicamente, ha de mantener la
CNT; y es que en el fondo de ese defecto hay un problema de cultura, de
comprensión de las realidades históricas, económico-industriales,
políticas y psicológicas.
Dígase lo que se quiera, y mal nos pese o no, cultura no es sólo
superación moral y espiritual, ni es tampoco concluirlo todo cultivando
al individuo trocándolo en ente sentimental hasta los lindes del
misticismo. Cultura es, además, saber comprender que la vida es
poesía y es prosa y que la vida social presente es más prosa
que poesía, que es una cuestión de guarismos emanada del
progreso de la mecánica, la química y las nuevas formas
de orientación y organización de la producción, que
es un problema asentado sobre los determinismos económicos, en
torno de los cuales gira y se manifiesta el mecanismo político-social
de los pueblos; como cultura es, también, saber tener la agilidad
necesaria más para enfrentarse con esas realidades, y ejercer un
dominio más o menos eficaz sobre ellos.
El mundo no es un espacio bordado de aldehuelas donde la vida de égloga
no reclama la presencia de los sociólogos. El mundo está
sembrado de grandes urbes, poblaciones y zonas industriales y agrícolas
de vida compleja y de encontrados intereses, y es en ellas donde surgen
los problemas debatiéndose entre dos o más razones opuestas,
y es en ellas donde se exige, más que los lirismos literarios,
y aun más que los idealismos -conste que sin idealismos, sin las
ideas motores, nosotros creemos que no existe nada-, la asimilación
de las realidades de la vida cotidiana, con toda su prosaica brutalidad,
y la comprensión de la psicología de las masas.
Y la comprensión del porqué y para qué del Sindicalismo,
cuya entidad ha de tener un desarrollo completo, íntegro, de constante
superación de sí mismo, y el cómo y para qué
de la función del Anarquismo sobre aquél, cuya relación
entre ambos debe ser de complemento, nunca de confusión y de tendencia
absorbente, que en cualquier forma que ellas se manifiesten es contrario
a la naturaleza de las dos entidades en cuestión. * * *
Detallar y razonar lo que es el Sindicalismo y sus diversas manifestaciones
orgánicas y la función insufladora que el Anarquismo ha
de ejercer sobre él, es el objetivo de este opúsculo.
Necesitamos reconstruir nuestro movimiento sobre su propia base, huyendo
de las concepciones caprichosas para caer sobre un plano inteligente,
de práctica viabilidad y de no menos práctica conformación
a las conveniencias de la lucha de clases y a las exigencias psicológicas
de las masas proletarias.
Aunque prolijo, nuestro trabajo es la vuelta al A B C del Sindicalismo
Revolucionario, trabajo coronado con una concepción personal nuestra
sobre el Anarquismo.
II. EL SINDICATO
Dicho simplemente, el Sindicato es el instrumento para la defensa de
clase. Harto se comprende, además, que el concepto general de clase,
desde nuestro punto de vista, no admite más que una: la sujeta
a la ley del salario.
Si el concepto general no admite más que una sola clase, se deduce
fácilmente que en el Sindicato caben todos los asalariados, con
tal que lo sean efectivamente, sin distinción de ideas políticas
y confesionales, ya que el Sindicato, de derecho, es el instrumento que
se desenvuelve en el plano de las luchas económicas, y es en ese
plano de convergencia, común a todos los asalariados, donde resulta
posible un estado de convivencia inteligente entre los mismos, por más
heterogénea que sea la composición espiritual e ideológica
de la colectividad formada por ellos.
La defensa de clase frente a la burguesía, que como clase aparece
siempre compacta en la defensa de sus intereses, sólo puede desarrollarse
eficazmente mediante la unión del proletariado en un fuerte bloque
de oposición; y esa unión no es, realizable en ningún
caso por una espontánea coincidencia ideológica y siempre
por la correlación de los intereses comunes de clase. Primero son
los intereses profesionales y económicos el agente único
que determina la unión, y luego es la convivencia la que engendra
y realiza la coincidencia ideológica; de donde resulta fatalmente
que si el Sindicato, de derecho, no es más que un instrumento que
se desenvuelve en el plano de las luchas económicas, por la coincidencia
ideológica trasciende de hecho en el orden de la lucha político
social.
Todo el problema consiste en una cuestión automática que
nada ni nadie puede escamotear.
La burguesía sabe perfectamente que su prosperidad económica
y su hegemonía político-social dependen de la miseria del
proletariado, y es ahora, en la post-guerra, que se comprueba, como predijeran
pensadores y economistas, y muy magistralmente Henry George, que a mayor
progreso corresponde mayor miseria. La burguesía fuerza el desenvolvimiento
del progreso mecánico, e insuficiente éste para el objetivo
social perseguido, busca el complemento en la llamada racionalización
de la producción, cosas ambas cuya tendencia directa consiste en
provocar la concurrencia de brazos y por consiguiente, la depreciación
de los mismos; es decir, el objetivo social perseguido, de que antes hablamos,
es este: crear una reserva de desocupados con el doble fin de obtener
la mano de obra barata y de situar al proletariado en estado de indefensión
como clase. Por otra parte, la concentración de las industrias
en «trusts» o la inteligencia de las mismas sobre la base
de los denominados «cartells», tiene por finalidad desterrar
la concurrencia en los mercados, esto es, evitar las competencias comerciales,
dejando vía libre a la iniciativa capitalista en la valorización
de los productos, cuyo resultado no será otro, no es ya otro, que
el encarecimiento general del coste de la vida. De forma, pues, que mientras
el progreso mecánico y la racionalización de la producción
permite al capitalismo obtener la mano de obra barata y retener al proletariado
en estado de indefensión como clase, a la vez, por medio de los
«trusts» y «cartells», consigue la facultad de
la iniciativa en la valorización de los productos en el mercado.
Si la prosperidad económica y la hegemonía político-social
de la burguesía dependen de la miseria del proletariado, es indiscutible
que la miseria de éste en la presente fase de la evolución
capitalista tiene unas perspectivas desoladoras.
* * *
Pero simplifiquemos la cuestión hasta reducirla a términos
asequibles a las más sencillas inteligencias, ya que éste
y no otro es el objeto.
La lucha contra el patronato tiene dos trascendencias, una de carácter
puramente económico y otra de orden humano. La primera, y en el
mejor de los casos, no pasa de ser una conquista ilusoria; cuando en la
segunda hay conquista, ella tiene una tangibilidad positiva, práctica,
y además, trae siempre al proletariado ventajas de orden moral
de clase, las cuales colocan a aquél en marcha ascendente hacia
su integral emancipación.
Entendámonos. Cuando el proletariado se lanza a la lucha en pos
de una conquista económica, esto es, de un aumento en los salarios,
la conquista no es más que, una ilusión. La burguesía
carga sobre la producción el tanto por ciento equivalente al aumento
adquirido por la mano de obra, y la consecuencia es lógica: el
proletariado ha visto aumentados sus salarios, pero ha visto a la vez,
o casi a la vez, aumentar también el coste de la vida. El fenómeno
es consubstancial del sistema económico de la sociedad capitalista,
y la expresión del fenómeno es cosa fatal e indeclinable.
No pasa lo mismo cuando la conquista representa la reducción de
la jornada u otra mejora que tienda a la humanización de las condiciones
del trabajo, ya que entonces, aunque el patronato no descuida nunca buscar
la compensación correspondiente a la mejora o mejoras obtenidas
por la mano de obra, y la compensación significa siempre recargar
los precios de los productos, el proletariado alcanza una cantidad de
libertad y de bienestar físico y moral, más tangibles y
positivos que las conquistas económicas, que en ningún caso,
o en pocos casos, representan ventaja alguna.
Pero no hay que analizar el problema desde el punto de vista individual
solamente, sino también desde el colectivo. Cuando las jornadas
eran de diez y más horas diarias de trabajo, el argumento en que
se apoyaba la petición de la jornada de ocho horas se basaba en
la razón, muy humana, por cierto, de que con ello se facilitaría
trabajo a los desocupados. Conseguida la jornada de ocho horas, se ha
visto que las legiones de desocupados, lejos de desaparecer o disminuir,
han aumentado. Nadie niega que la implantación de la jornada de
ocho horas fue seguida de un período de tiempo en que los desocupados
desaparecieron casi en absoluto, pero puede afirmarse que ese período
no fue más que una transición necesaria, durante la cual
el patronato organizó las industrias de forma que el exceso de
producción creara de nuevo el problema de los desocupados.
Hay dos maneras de mantener la miseria del proletariado, tan necesaria
a los intereses del capitalismo: la reserva de desocupados y la coerción
gubernamental. En el grado de eficacia necesaria, esta última sola
es posible con intermitencias, y por eso la burguesía pone siempre
en primer plano la subsistencia del problema de los sin trabajo, que en
la balanza social es el factor constantemente dispuesto a entrar en competencia
y a suplantar a los trabajadores predispuestos a las rebeldías
reivindicadoras.
No está el mal en una manifestación externa de la organización
capitalista; el mal es más hondo, ya que él implica la médula
del sistema social basado en la explotación del hombre por el hombre.
Por este motivo la legislación social reguladora de las relaciones
entre el capital y el trabajo, todo el intervencionismo del Estado creando
institutos, corporaciones, tribunales arbitrales y demás órganos
de fomento de la colaboración de clases, no son más que
paliativos para desviar la verdadera y eficaz acción de clase del
proletariado.
La solución positiva, pues, está en la destrucción
del sistema capitalista.
* * *
Sin embargo de lo dicho, el Sindicato no puede desdeñar el aplicar
una parte de sus actividades a la consecución de mejoras económicas,
y mucho menos a la consecución de reducciones de jornada. No puede
desdeñarlo, por cuanto cada una de sus mejoras responde a anteriores
imperativos de los determinismos económicos y de la evolución
del progreso mecánico. En cada petición de mejoras económicas,
el proletariado muévese determinado por el sentimiento de necesidades
económicas apremiantes, y lo mismo ocurre en cualquier otro orden
de peticiones. Pero constatemos que aun obteniendo el proletariado los
mayores triunfos, su situación económico-social es siempre
la misma.
La ventaja moral, imperceptible a simple vista, está en que, generalmente,
toda petición de mejoras va seguida de lucha, y esta lucha por
las cosas inmediatas es una gimnasia que entrena a las masas para la lucha
final, aparte que cada lucha, mayormente si va seguida del triunfo, es
la afirmación de la personalidad y del valor social del proletariado.
Esto es, en síntesis, el Sindicato: afirmación de la personalidad
y del valor social del proletariado, lo cual, sin el Sindicato, no tiene
forma de expresión sino en contadas individualidades, incapaces
por sí solas de manumitir a la Humanidad de su esclavitud económico-político-social,
y aun para librar al proletariado de las injusticias y aberraciones del
capitalismo y el Estado.
III. ESTRUCTURA ORGÁNICA DEL SINDICATO
El capitalismo industrialista tiende cada día más a la
centralización industrial pasando, en materia de organización,
de lo simple a lo compuesto. Vemos, por ejemplo, que una industria dependiente
-y lo son generalmente- de otras complementarias que la surten de materias
primas o de material preparado, o de ambas cosas a la vez, tiende a atraerse
a éstas hasta formar una sola empresa industrial.
Si tomamos como modelo para el estudio a una gran empresa metalúrgica,
veremos que siendo su objeto industrial la producción de maquinaria,
la empresa tiene organizada la manufacturación de las máquinas,
desde la fundición de sus piezas hasta dejarlas en estado de lanzarlas
al mercado, y aun veremos, como ocurre en los Estados Unidos, Inglaterra,
Francia, Alemania y otros países industriales, que la empresa metalúrgica
tiene establecido su negocio explotando por sí misma las minas
y los altos hornos para transformar el mineral en hierro, consiguiendo
con esto el que dos industrias, de las que era tributaria y dependiente
en otros tiempos, estén ahora en sus manos.
Considerando, pues, que lo que pasa con las industrias metalúrgicas
es lo mismo que pasa o, por lo menos, es la tendencia en que se orienta
la generalidad de las industrias, la forma sindical que más corresponde
a ese hecho o tendencia es el Sindicato de Industria. No se trata de que
el Sindicato de Industria sea de tipo único, ya que la uniformidad
sería impropia, como impropio sería fijar como modelo el
Sindicato local, cuando, según la naturaleza y extensión
de las industrias, las necesidades pueden aconsejar que tal Sindicato
debe ser de distrito o comarcal, cual otro regional y nacional el de más
allá. Es ésa una cuestión para ser estudiada y resuelta
por las partes interesadas en ella o, en su defecto, por las organizaciones
generales de cada localidad, comarca o región, según la
geografía económico-industrial de cada una de ellas.
No obstante todo, en el orden industrial la evolución capitalista
aconseja como tipo general el Sindicato de Industria.
* * *
Tomando siempre como ejemplo a la industria metalúrgica, el Sindicato
deben componerlo todas las secciones u oficios que intervienen en la producción
de maquinaria y demás accesorios correlativos, como también
aquellas profesiones de índole auxiliar, es decir, las proveedoras
de materias primas o materiales preparados a la industria básica
o central, que tal es la productora de maquinaria. Así se entiende
que al Sindicato de Industria, compuesto por los productores de maquinaria,
no deben pertenecer los cerrajeros en obras, por ejemplo, ya que éstos
son más asimilables al ramo de la construcción, puesto que
unos y otros obreros, sin duda alguna, pertenecen a la industria de la
edificación. De la misma manera, en relación con otras industrias,
seguramente se encontrarán otras ramas de la metalurgia, que a
su vez también, deben ser asimiladas por convergencia a la industria
central y constituir el Sindicato con arreglo a lo dicho con respecto
a los cerrajeros en obras.
No se trata de establecer una norma exacta y fija sobre lo que debe ser
este a aquel Sindicato, sino más bien de dar que una idea más
o menos aproximada de lo que debe ser el Sindicato de Industria.
Lo que nos interesa de momento, es dejar sentado que al constituir los
Sindicatos Únicos, de hecho, nos pusimos de espaldas al sentido
y prácticas federalistas, que son la característica que
debe informar a nuestra organización. La constitución de
los Sindicatos Únicos respondió a la necesidad de realizar
una concentración de fuerzas, y por poco que nos fijemos en la
fórmula de estatutos inserta en la Memoria del Congreso Regional
de Cataluña, de 1918, advertiremos que la concentración
no implica en manera alguna la absorción de la personalidad profesional
de ninguna de las partes concentradas, sino, por el contrario, la reafirmación
de esa misma personalidad. Experimentalmente considerado, pues, resulta
que mientras la concepción del Sindicato Único se asentaba
sobre una base esencialmente federalista, en la práctica cayóse
en el más acentuado centralismo.
Tanto si es de ramo como de industria, el Sindicato no es más que
una federación de secciones profesionales agrupadas por la correlación
industrial de que antes hemos hablado, y vinculadas por los intereses
generales y por el sentimiento de la solidaridad de clase; de lo que resulta
que en esa federación de secciones hay dos clases de intereses
de naturaleza distinta, los profesionales y los de orden general y de
solidaridad, siendo la defensa de los primeros cuestión privativa
de las respectivas secciones y correspondiendo al Sindicato en pleno la
atención y práctica de los segundos.
De ahí se deduce que en el Sindicato de Industria, como antes en
el de Ramo -por lo menos en derecho- cada sección de oficio debe
conservar su personalidad autónoma de las demás y, por tanto,
cada una de ellas ha de tener su junta directiva o administrativa, si
el adjetivo suena mejor, y la facultad de reunirse libremente y por separado
en asamblea general, para tratar y resolver sus asuntos profesionales;
sin que ello, empero, signifique que una sección quede relevada
de informar de sus decisiones a las demás, y de consultar y aun
de atenerse al consejo y voto de las mismas cuando las decisiones sean
graves y de trascendencia general para el Sindicato.
No se trata solamente de una cuestión de principio, sino, además,
de una cuestión de orden psicológico. Pocos trabajadores
encontraremos que hablen bien de su profesión; pero tan pronto
tratemos de desdibujar su personalidad profesional, de someterla a una
confusión, al momento se dispondrán ellos a reivindicarla.
De la misma manera que entre determinados institutos similares impera
el orgullo de cuerpo, y entre los distintos sectores sociales el espíritu
de clase, asimismo reina el espíritu profesional entre el proletariado.
Que esto sea un prejuicio no impide que el prejuicio sea muy humano, una
realidad viva.
Y si nos atenemos solamente a la cuestión de principio, convendremos
en que el reconocimiento y práctica de la autonomía de las
secciones, según queda dicho, responde esencialmente al principio
federalista y convendremos, además, en que el normal desenvolvimiento
de esa autonomía seccional, a su vez, normaliza y facilita las
funciones de la máquina sindical, cuyo entorpecimiento es tanto
más grande cuanto mayor es la expresión centralista y absorbente
de la misma.
Siguiendo, pues, una trayectoria de abajo arriba, la estructura del Sindicato
de Industria se define de la siguiente manera:
a) El Sindicato es un compuesto de secciones profesionales autónomas
en la dirección y administración de los intereses que les
son propios.
b) Cada sección, regida o administrada por una junta, es soberana
para tratar y resolver sobre sus asuntos profesionales, tanto si son de
orden económico y técnico como de carácter moral,
siempre, desde luego, que sus resoluciones sean compatibles con los intereses
generales del Sindicato.
c) Cuando las resoluciones y propósitos de una sección puedan
por su trascendencia comprometer los intereses generales del Sindicato,
como cuestión previa la junta de sección debe comunicarlo
al comité general para que éste, a su vez, lo someta al
consejo y aprobación de las juntas del resto de las secciones,
primero, y de la asamblea general del Sindicato, después, si la
importancia del asunto o asuntos lo mereciera.
d) Cada sección profesional designará uno o más individuos
que, con los designados por las demás secciones, formarán
el comité general del Sindicato, cuyo comité debe ser el
nexo entre todas las secciones y el mandatario en la dirección
y administración ele los intereses generales de la colectividad.
e) Aunque responsables siempre de sus actos, los individuos designados
para el comité del Sindicato, cuyas funciones han de ser siempre
de carácter esencialmente general, actuarán con entera independencia
con relación a sus respectivas secciones.
f) El nexo entre la sección y el comité general se establecerá
por medio de uno a más delegados de aquélla, a los cuales
convocará el comité a periódicas reuniones de delegados
de sección, con el fin de que cada una y todas las secciones estén
al corriente de la marcha del conjunto sindical, como asimismo para que
cada una de ellas pueda plantear al comité las iniciativas y cuestiones
que estime convenientes.
g) El comité general del Sindicato convocará, siempre que
lo considere necesario y oportuno, a reuniones de juntas de sección
con el objeto de estudiar conjuntamente y deliberar sobre lo que los intereses
generales del Sindicato demandasen.
He ahí esbozados los principios generales por que debiera regirse
el Sindicato de Industria, en sus funciones internas, se entiende; principios
perfectamente conformados a los postulados del federalismo, de los que
no deben separarse nunca los amantes de la libertad. Queda por esbozar
el aspecto administrativo del Sindicato; pero siendo ello una cuestión
un tanto secundaria a nuestro objeto, bastará con dejar consignado
que la administración debe ser una función descentralizada,
con respecto a las secciones, si bien es normal que la aportación
económica de éstas a la administración general del
Sindicato ha de ser uniforme: esto es salvando las clasificaciones que
se estimen naturales, el individuo de una sección debe contribuir
a los gastos generales del Sindicato con una cotización igual a
la de cada individuo del resto de las secciones.
IV. PROLONGACIÓN DEL SINDICATO
El Sindicato no es una entidad encerrada entre cuatro paredes. En el
espacio formado por éstas está el domicilio social, no el
todo del Sindicato, ya que éste tiene su prolongación en
la calle, la fábrica, el taller, la oficina, etc. Nos parece esencial
agregar a lo anteriormente expuesto algo más respecto a la estructura
orgánica del Sindicato.
Como agentes activos de primer orden en el mundo de la producción,
el proletariado debe organizar la máquina sindical de forma que
una parte de ella tenga emplazamiento y el desarrollo de sus funciones,
una y otra cosa ampliamente reconocidas, en los mismos centros de producción.
El domicilio social es el lugar de cita para las funciones administrativas
y para ponerse de acuerdo acerca de las actividades a desplegar, después
del estudio de los problemas planteados o en potencia. El lugar para el
despliegue de esas actividades está en la calle, donde deben actuar
los comités y delegados de barriada y de distrito, y está
en los centros de producción, en los cuales es necesario actúen
los Comités de fábrica y los delegados de las secciones
de la misma.
Por lo mismo que el proletariado es un agente activo de primer orden en
el mundo de la producción, una de sus aspiraciones inmediatas debe
ser la conquista del derecho al ejercicio del control de la producción,
no ya sólo en el aspecto informativo, sino también en cuanto
se refiere a la orientación técnica y directriz de la misma,
y aun en el propio aspecto administrativo, no olvidando que el control
debe ejercerse de un modo decisivo para evitar la adulteración
y nocividad de los productos, ya que con ello el proletariado adquiere
una grave responsabilidad social. Pero en tanto esa conquista no sea un
hecho, los comités de fábrica y los delegados de sección
tienen un papel no menos importante a desempeñar, puesto que ellos
han de ser en todo momento el nexo entre aquella parte del Sindicato yacente
en el domicilio social y aquellas otras que, por prolongación,
han de tener su emplazamiento y desarrollo en la fábrica etc.;
aparte de que al cuidado de esos Comités y delegados debe estar
la acción inmediata de hacer respetar por todos, patronos y obreros,
las condiciones generales del trabajo y la personalidad individual y colectiva
de los trabajadores, debiendo ser, además, los agentes de propaganda
que capten para el Sindicato la voluntad y las entusiasmos de los hermanos
en explotación.
Por otro lado, los Comités de fábrica y los comités
y delegados de barriada y distrito, bien articulada su actuación,
son los llamados a ser el verdadero nervio de la organización sindical.
Larga y penosa experiencia nos ha demostrado la inconsistencia de nuestra
potencialidad colectiva. Un conflicto social o político más
o menos grave, o el peligro de que aconteciera, ha bastado para que los
gobernantes clausuraran los domicilios sociales de los Sindicatos, y la
clausura de éstos, como ella durara algún tiempo, ha significado
siempre la dispersión de las masas y la inexistencia real de los
Sindicatos; y ello ha ocurrido porque casi toda la actividad sindical
ha tenido expresión entre las cuatro paredes del centro social,
y cerrado éste, la actividad ha sido imposible. Tan verdad es esto
que, por el éxito que con ello se conseguía o se consigue
siempre, las clausuras se erigieron en sistema.
De ahí la conveniencia, la precisión de que el Sindicato
se prolongue hasta la calle y los centros de producción, ya que
articuladas las actividades de forma que los comités y juntas sindicales
no pierdan el contacto y la relación con los Comités de
fábrica y de barriada y distrito, el Sindicato es intangible a
pesar de todas las clausuras y por duraderas que ellas sean; pues manteniendo
ese contacto y esa relación, la correspondencia de los comités
y juntas sindicales a las masas y viceversa es absoluta, según
puede verse por lo siguiente:
a) El Comité de fábrica y los delegados de sección
están continuamente en contacto y relación con la masa del
respectivo establecimiento industrial, y aquéllos recogen de ésta
sus aspiraciones e iniciativas y, a su vez, les dan las indicaciones y
consignas sindicales.
b) El Comité de barriada o distrito mantiene un continuo contacto
con los Comités de fábrica de la respectiva demarcación,
a los cuales transmite las indicaciones e iniciativas sindicales y todo
cuanto significa el sentir general de la masa obrera de la barriada o
distrito.
c) El Comité general del Sindicato y las juntas de las secciones
profesionales están a su vez en contacto y asidua relación
con los Comités de barriada y distrito, de los cuales recibe las
impresiones respectivas, y tras previo estudio del conjunto de las mismas,
ambos Comités acuerdan lo que estiman procedente, y de los Comités
de barriada y distrito a los Comités de fábrica, y de éstos
a los delegados de sección, lo acordado pasa a conocimiento de
las masas, las cuales lo refrendan o lo rechazan.
d) Como en los períodos excepcionales lo que conviene es evitar
las reuniones numerosas, para reunirse con el Comité general del
Sindicato los Comités de barriada y distrito delegan su representación
en uno de sus miembros para reunirse con aquél, y eso mismo es
lo que hacen los Comités de fábrica, taller, etc., al reunirse
con los Comités de barriada y distrito.
A nadie escapa que el procedimiento es un tanto complicado y no muy de
acuerdo con los principios federalistas; pero adviértase que el
procedimiento en cuestión sólo es recomendable para los
períodos de excepción, para cuando el Sindicato hállase
legalmente incapacitado para actuar a la luz pública y cuya incapacidad
debe estar determinada por circunstancias inevitables, jamás efectuada
voluntariamente, a menos de no existir, poderosos motivos que aconsejen
una clandestinidad voluntaria.
* * * Pero la significación de los Comités de fábrica,
taller, obrador, oficina, etc., tiene otros aspectos más trascendentales,
como asimismo los tiene la significación de los Comités
de barriada y distrito. Hasta ahora hemos hablado de ellos como piezas
de la máquina sindical, y ocasión tendremos más adelante
para poner de relieve que la parte fundamental de esos comités
tiene un carácter esencial y eminentemente revolucionario, ya que
su papel en el caso de una revolución es de una importancia capital
y de una utilidad suma.
V. LA FEDERACIÓN DE INDUSTRIA
A nuestro juicio, fue un grave error el sufrido por el Congreso del Teatro
de la Comedia, al acordar la abolición de las federaciones de industria.
Su existencia no era en manera alguna incompatible con la existencia de
los llamados Sindicatos Únicos, y pocos son los que ahora se explican
el porqué aquel Congreso dio al traste con lo que era y ha de ser
genérica expresión profesional, después de ser el
aglutinante de los sectores industriales o profesionales con carácter
nacional. Ni el sentido más extremista del federalismo podría
cohonestar con el hecho de tronchar la vida de expresiones generales de
la colectividad, que están por encima de las contracciones localistas,
por el pretendido afán de dar una mayor expansión a la personalidad
del Sindicato.
Cierto que alguna de las federaciones de industria, existentes a la sazón,
pecaban de centralistas, absorbían la personalidad de los sindicatos
de que ellas se componían; pero ello no podía ser la razón
que determinara la desarticulación de los ramos e industrias organizados
nacionalmente, y mucho menos la razón que aconsejara la adopción
de posiciones absolutas, hasta el punto de sentar reglas sin excepción.
El ambiente de entonces no era propicio a la reflexión, no faltaban
legiones de bien intencionados que creían que el mundo dependía
de su voluntad, y por eso no se tuvo en cuenta que por encima de las buenas
intenciones están las realidades, y una de esas realidades era
ya la organización nacional de la burguesía por agrupaciones
industriales.
A una organización nacional de la burguesía, indudablemente,
corresponde una organización nacional obrera por agrupaciones industriales.
De otra forma, no hay manera de enfrentarse ni de resistir de modo alguno
a la burguesía. Aunque sin adoptar ninguna resolución definitiva,
así lo ha comprendido el III Congreso de la A IT, celebrado recientemente
en Lieja.
La tendencia general de la burguesía capitalista, lo hemos dicho
ya diferentes veces, no se limita a una concentración económico-industrial,
ni aun siquiera a la formación de uniones nacionales; su objetivo
rebasa esas limitaciones y quiere hallarlo y halla ya en las organizaciones
y «ententes» internacionales, y fuera un absurdo admitir ni
un solo momento que ello no responde más que a una finalidad económico
industrial, de defensa de la producción.
En la conciencia del capitalismo pesa muchísimo más la necesidad
de defenderse como clase social. Experimentalmente sabe él que
las derivaciones de la guerra pusieron su existencia en inminente peligro,
y sabe, además, que ese peligro se aleja tanto más cuanto
mayor sea la esclavitud del proletariado, y éste es tanto más
esclavo cuanto más fuerte es el capitalismo, no precisamente en
el orden económico, sino como clase social.
Sus organizaciones y «ententes» descansan sobre una triple
base de defensa : de defensa de la producción en perjuicio del
interés colectivo; de defensa contra la independencia de los gobiernos,
concebidos solamente como mandatarios del capitalismo, y de defensa contra
las reivindicaciones y las corrientes revolucionarias del proletariado,
del proletariado que ya no se conforma con las migajas que quieran darle,
sino que el aspira a su integral manumisión.
A la burguesía textil de Sabadell, por ejemplo, le importará
muy poco que sus obreros se le rebelen y declaren en huelga. Unida por
una organización y por un pacto solidarios, ella recibirá
de Barcelona, Alcoy, Béjar, etc., los paños necesarios para
responder a los más apremiantes compromisos y para resistir la
huelga hasta reducir por hambre a los obreros. Se trata en ese caso de
una acción nacional de la burguesía contra la acción
de los obreros de una ciudad fabril, si se quiere de una cuenca, de una
región, y en cualquier caso la posición de inferioridad
de los obreros es bien manifiesta. Para situarse en un plano de relativa
igualdad combativa, la solución no hay que buscarla en la Federación
Nacional de Industria.
El mismo razonamiento podríamos emplear para llegar al convencimiento
de la necesidad de las federaciones internacionales de industria, expansión
orgánica a que nos llevarán los «trusts» y «cartells»
del capitalismo. Pero no vamos ahora a entrar en ese orden superior de
organización.
Lo que importa de momento es interesar a los trabajadores sobre la significación
de nuestro sencillo ejemplo acerca de la solidaridad burguesa de la industria
textil. Téngase en cuenta que esa solidaridad no queda circunscrita
al caso de una huelga, como hemos expuesto. Si la burguesía textil
de Alcoy quiere denunciar las condiciones de trabajo, declara el locaut
a sus obreros, cosa fácil por demás, por cuanto la burguesía
de las demás zonas fabriles estará presta a dar a aquélla
toda suerte de facilidades para luchar hasta vencer. Si es la burguesía
textil de Barcelona la que quiere dar al traste con la potente personalidad
colectiva y revolucionaria de los obreros, imitará a la de Alcoy,
y serán los obreros de las otras zonas fabriles los que, inconscientemente
o por falta de un vínculo orgánico, contribuirán
a la sumisión de sus hermanos barceloneses.
Pero aparte eso, que pueden ser incidentes más o menos asiduos,
hay la cuestión de la competencia que los obreros de una zona hacen
a los de otras. Sabido es el problema creado a los trabajadores de la
industria fabril y textil de Cataluña. Los trabajadores de las
cuencas febriles y textiles de la alta montaña han sido siempre
un obstáculo insuperable para los obreros del llano, ya que las
reivindicaciones de éstos fueron siempre dificultadas por la inferioridad
de condiciones de trabajo de aquéllos, no ya sólo en el
orden económico, sino también en cuanto a las jornadas y
en otros diversos aspectos profesionales. Y lo mismo que se dice de esa
industria puede decirse de muchas otras, de todas las industrias, en que
las condiciones generales de trabajo difieren sensiblemente en relación
a las distancias y a las situaciones geográficas.
Las federaciones nacionales de industria son el órgano adecuado
para subsanar esos defectos, pues prácticamente se ha demostrado
que sólo por ellas se puede llegar a la unidad o a la equiparación
proporcional de las condiciones generales de trabajo en las industrias
-al hablar de industrias, queremos referirnos también a todas las
ramas de la producción-, y aún podríamos citar ejemplos
en prueba de que las federaciones en cuestión son, en todo sentido,
el mejor medio para hacer frente a la burguesía en cualquiera de
sus actividades contra los intereses del proletariado.
Sobre todo si nos fijamos en las posiciones que va adoptando el capitalismo,
comprenderemos cada vez más la necesidad de la Federación
Nacional de Industria.
* * *
Pero hay que dejar bien sentado que la Federación Nacional de
Industria no ha de ser en modo alguno un centro absorbente de la personalidad
de los Sindicatos, ya que la experiencia ha demostrado que, despojados
éstos de su personalidad, la Federación deviene en organismo
ineficiente.
La Federación Nacional ha de ser siempre un órgano actuando
sobre un plano general de intereses profesionales, en el cual se hallen
comprendidas las condiciones económicas, técnicas, regulación
y humanización del trabajo y otras muchas de orden colectivo y
moral, todo ello libremente determinado por las representaciones directas
de los sindicatos, reunidas expresamente en Congresos y asambleas nacionales.
Los sindicatos federados están en todo caso obligados a respetar
y cumplir todo aquello que ellos mismos hubieren acordado nacionalmente,
pero son libres cada uno de por sí para tomar toda clase de iniciativas
y de abordar empresas, claro está, siempre que esas iniciativas
y empresas no sean contrarias a los intereses generales de la Federación.
No hay ningún principio federalista que reconozca a las partes
el derecho a negar, sin previa y razonada denuncia, un pacto en cuya elaboración
han sido actoras en plena libertad; pero todos los principios federalistas
reconocen a cada una de las partes pactantes el derecho a mejorar el pacto
o lo que, en suma, son los intereses generales de la colectividad federal.
En lo profesional, y sólo con comunicarlo a la Federación,
un sindicato está en el derecho de desarrollar sus propias fuerzas
y actividades en las empresas que estime oportunas y convenientes, sin
que el uso de ese derecho lo excluya del derecho a la solidaridad federal,
la cual puede ser condicionada, pero jamás negada por la Federación.
En el orden general del movimiento proletario, los sindicatos son igualmente
libres para coaligarse con los sindicatos de otras industrias para cualquier
acción de solidaridad o en defensa de la justicia, y lo son asimismo
para respetar y cumplir sus deberes para con las respectivas Federaciones
locales y los organismos superiores, como son la Confederación
de la respectiva región y la C N T.
Aparte sus funciones administrativas, los comités federales no
deben ser otra cosa que centros de relaciones y de coordinación
de movimientos nacionales de carácter económico-profesional
y órganos mandatarios para la organización de la lucha y
de la solidaridad.
En las federaciones centralistas e ineficientes la dirección, la
iniciativa y todo el poder van del centro, o sea, de sus comités
federales, a la periferia representada por los sindicatos. En lasque federaciones
que propugnamos, las informadas por un amplio sentido federalista, el
poder, la iniciativa, la base directriz, todo, van de la periferia al
centro, de la «parte» al «todo», con lo cual se
salva la personalidad y la libertad de todos, sindicatos y Federación,
por cuanto ésta es el resumen y la expresión de la voluntad
de aquéllos. La Federación Nacional de Industria, pues,
no es más que un pacto de solidaridad universal frente a las agrupaciones
industriales del capitalismo.
VI. SUPERESTRUCTURA DE LA ORGANIZACIÓN
Por superestructura de la organización no debe entenderse otra
cosa que aquella que se expresa por los organismos superiores de orden
general, como son la Federación local, la comarcal en determinados
casos y las Confederaciones regional y nacional, las cuales en ningún
caso han de ser otra cosa que centro de relación y de estudio de
los problemas generales que no solamente afectan a tal o cual sector industrial,
sino a todo el proletariado, y han de ser, además, los centros
adecuados para el concierto de la solidaridad obrera y para las acciones
a fondo contra el Estado y el capitalismo.
No teniendo olvidado que no existe clase social alguna que descuide la
tenencia de un organismo u organismos locales, regionales y nacionales
representativos y de defensa de los intereses de clase que les son propios,
resulta ocioso insistir en la necesidad que tiene el proletariado, como
clase que es, de disponer de organismos generales de carácter local,
regional y nacional, que sean el instrumento representativo y de defensa
de sus intereses generales de clase. Por eso renunciamos a la exposición
teórica del papel de tales organismos para fijar la atención
sobre las funciones que les son propias, tanto más necesario el
fijarlas, cuanto de esas funciones se ha hecho base de las más
lamentables confusiones en que las esencias federalistas recibieran rudo
golpe.
* * *
La célula de la Federación local, naturalmente, es el Sindicato,
como aquélla lo es de la Confederación regional y ésta
de la Confederación nacional. Conviene, sin embargo, constatar
que en todas las manifestaciones de la vida local, regional y nacional,
el Sindicato lo es todo y nada relativamente los órganos federales
y confederales, ya que éstos, a lo sumo y en todo caso, no con
más que la expresión de la soberanía, de aquel.
La Federación local es célula, en sus relaciones y pactos
con la Confederación regional, en tanto representa la voluntad
de los sindicatos que la integran y valorizan. Lo mismo ocurre con la
Confederación regional, cuya personalidad es reflejo de la voluntad
de las Federaciones locales, e igualmente pasa con la Confederación
nacional, que no es más que la mandataria de las Confederaciones
regionales. Nos hallamos, pues, ante un sistema de relaciones y de actividades
basado sobre las esencias del federalismo más depurado, ya que
él sigue una trayectoria que va de abajo arriba y de la periferia
al centro, es decir, del individuo a la colectividad y de ésta
a la supercolectividad, representada por los órganos generales.
Es preciso valernos de los ejemplos. Cada Federación local es un
voto uniforme o proporcional en las deliberaciones de la Confederación
regional, como cada Confederación regional es igualmente un voto
en las de la Confederación nacional. Pero esto ocurre en ausencia
de los sindicatos, en las cuales reside todo el poder, por la sencilla
razón de que los órganos superiores, con todo y ser llamados
superiores, en todas sus actuaciones no son más que representantes
mandatarios de los sindicatos.
Supongamos que se celebra un Pleno regional, al que por el carácter
del mismo y por razones de economía, asisten solamente las Federaciones
locales y comarcales, en cuyo caso es lógico que correspondan a
éstas las funciones deliberativas. Lo mismo ocurre en los Plenos
nacionales, en cuanto a las Confederaciones regionales. Pero supongamos,
además, la celebración de un Congreso regional o nacional,
en los que asisten directamente los sindicatos, y entonces el derecho
deliberativo es privativo de éstos, en manera alguna de los organismos
federales, puesto que, en buena doctrina federalista, en ellos no reside
más que el derecho informativo.
Digamos que esa regla ha sido la que corrientemente se ha observado en
los Plenos y Congresos, y si hablamos de ello ahora es sencillamente para
dejar sentado un método de relación.
Es en otro orden de cosas donde hay que puntualizar para prever, y evitar
que se inviertan los términos de los procedimientos, pasando del
federalismo al centralismo.
* * *
Ninguno de los organismos federales y confederales tiene personalidad
alguna en las cuestiones profesionales, por cuanto éstas están
exclusivamente subordinadas a los sindicatos y a las federaciones de industria.
La industria vidriera, por ejemplo, tiene una suma de problemas técnico-profesionales
a de otro orden cualquiera que afectan solamente a los vidrieros, y ellos
harán lo que mejor convenga a sus intereses profesionales y colectivos.
En el caso en que los vidrieros se lancen a una huelga o tengan necesidad
de declarar el boicot a una fábrica de vidrio o a la industria
vidriera, es cuando, a condición de que exista previa petición,
empieza el derecho de intervención de los organismos federales
y confederales de carácter general -no hay que decir que según
los casos -, cuya misión consiste en organizar y facilitar la solidaridad
de los demás gremios, ya sea caso de huelga, ya sea en el de concertar
y coordinar los medios que hagan factible y eficaz la realización
del boicot. Conviene dejar bien sentado que en cualquiera de ambos casos,
la intervención de los organismos superiores ha de ser simplemente
de colaboración, jamás traducida en funciones directivas.
Por ejemplo, hemos visto a un gremio lanzarse a una huelga, no importa
por qué motivo o finalidad, y al llegar a trance comprometido,
los obreros afectados han recurrido a la solidaridad moral de determinados
gremios, los cuales, con un gesto solidario suyo, podían crear
una situación de anormalidad social; y en este caso hemos visto
demasiadas veces que el comité de la Federación local de
la población teatro del conflicto se ha erigido en director del
movimiento, hecho contrario a los principios federalistas, ya que lo procedente
en estos casos es la designación de un comité ejecutivo
compuesto de representantes de los distintos sindicatos afectados por
el conflicto.
En esa clase de movimientos, la función del comité federal
de la localidad se constriñe a ser centro de relación y
de orientación, y si alguna vez ha de actuar como director de un
movimiento sindical, es en el caso de huelga general -y tampoco es eso
indiscutible, por cuanto una serie, de razones puede aconsejar que la
dirección del movimiento sea encomendada a un comité ejecutivo-.
Pero aun así, el comité federal continúa siendo mandatario
por cuanto, precisamente, sus resoluciones deben de ser avaladas por los
delegados sindicales, los cuales, a su vez, y en el máximo posible,
han de actuar por mandato de sus respectivas asambleas.
Y lo que decimos del comité de la Federación local, salvando
las respectivas características, es lo mismo que diríamos
de los comités confederales de carácter regional y nacional.
La función más fundamental de los organismos superiores
está en la realización de las resoluciones de los congresos,
cuya labor es siempre de orden general. La evolución económico-industrial
del capitalismo y las aspiraciones de evolución político-social
del proletariado, aparte otras muchas cuestiones permanentes de justicia
y de oposición al Estado, son problemas de interés para
todo el proletariado, la atención de los mismos no compete a este
o a aquel gremio, sino al proletariado en general, por cuyo motivo el
único órgano adecuado para constituirse en centro, de relación,
orientación y consejo con miras a la realización de soluciones,
es el comité de la Confederación nacional, si los problemas
son nacionales o internacionales, y el de la Confederación regional
si ellos son regionales, etc.
Es en esas actividades de relación, orientación y consejo
donde, según buena doctrina federalista, se sigue una trayectoria
del centro a la periferia, ya que, en el caso concreto de los problemas
nacionales e internacionales, el orden de actividad parte de la Confederación
nacional y llega a los sindicatos por el canal de la Confederación
regional y la Federación local.
Como para dar una idea general lo dicho es bastante, vamos a resumirlo
en breves palabras.
Los organismos superiores, que nosotros calificamos de superestructura
de la organización, no son más que lo expuesto: centros
de relación, orientación y consejo para el concierto de
la solidaridad obrera y de coordinación para los ataques a fondo
contra el Estado y el capitalismo.
Pero toda la razón de ser de los organismos superiores y las atribuciones
y facultades de los mismos, están absolutamente limitadas por la
voluntad y el referéndum de los sindicatos.
VII. OBJETIVOS Y ACCIÓN DEL SINDICALISMO
Los objetivos del Sindicalismo no se reducen simplemente a la conquista
de mejoras económicas y morales, como son aumentos de salario,
reducción de jornadas, reglamentación profesional, higiene
y seguridad en el trabajo, contratos colectivos, etc., sino que ellos
llegan al límite máximo de la oposición al capitalismo
y el Estado.
El Sindicalismo Revolucionario, como instrumento orgánico puesto
en manos del proletariado, idealizado y definido por las aportaciones
intelectuales y espirituales de los anarquistas, pretende bastarse a sí
mismo para liberar a los trabajadores de las inmediatas opresiones de
todo género, ya capitalísticas, ya estatales, y para coadyuvar
en primera línea a la integral manumisión económico-político-social
de la Humanidad. A despecho de todo, una recta y clara interpretación
del contenido del Sindicalismo como entidad y una tenaz práctica
de sus postulados básicos, que son todo un tratado de ciencia económico-social,
de valoración política y de honda interpretación
de la psicología de los pueblos, son bastante para llevar a los
escépticos a la comprensión de lo veraz de nuestras afirmaciones.
El salario, el descanso, la ordenación del trabajo, el respeto
a la personalidad individual y colectiva de los trabajadores, la salud
y la vida de éstos, todo ello se defiende convenientemente, eficazmente,
por el Sindicalismo, y es el Sindicalismo el instrumento adecuado y capaz
para suplantar con ventaja la acción de los partidos políticos
y para desterrar el profesionalismo político.
Cuando hablamos de oposición universal al capitalismo, queremos
significar que el trabajo, erigido en derecho Social, se basta imperativamente
para imponer a aquél todas las garantías de respeto, moralidad
y responsabilidad, al proletariado y ante el proletariado y la comunidad
social.
Cuando hablamos de oposición universal al Estado, significamos
asimismo que la acción sindical y directa del proletariado es un
arma con suficiencia para anular y determinar las actividades gubernamentales
con arreglo a las conveniencias del Sindicalismo, genuina representación
de la voluntad y los intereses de los trabajadores, y para neutralizar
todos los atentados a la justicia y a la libertad.
Al referirnos al Anarquismo, ocasión tendremos de detallar esos
conceptos.
* * *
Hemos señalado suficientemente los objetivos simples e inmediatos
del Sindicalismo, y ellos se defienden con la huelga, el boicot y el sabotaje.
No vamos ahora a caer en la vulgaridad de explicar el alcance de esas
tres armas de lucha, aunque sí creemos necesario hacer algunas
observaciones con respecto a la primera, por cuanto de su comprensión
depende el que en todo caso se pueda desarrollar la lucha contra el patronato
dentro de los amplios límites de la acción directa.
Las posibilidades de éxito de la huelga están subordinadas
a los determinismos económicos. Los obreros triunfarán en
una huelga si al plantearla han tenido en cuenta la situación próspera
o adversa de la industria en que ella haya de desarrollarse y las posibilidades
de resistencia a la resistencia burguesa, con la que hay que contar siempre,
como asimismo si han estudiado y coordinado los medios con que hacer fracasar
la solidaridad que practica la burguesía. La proposición
no se basa en un precepto dogmático; es más bien un hecho
que responde a realidades comprobadas prácticamente.
Entre los anarquistas y sindicalistas ha sido un vicio, tal vez lo es
aún, el calificar de resabio marxista la atención de esas
realidades. Y sin embargo, planteada en momentos de relativa adversidad
industrial, una huelga llega muchas veces a resolver problemas que sólo
interesan a la burguesía y en el mejor de los casos, una huelga
inoportuna facilita la resistencia burguesa, dificulta o hace imposible
la resistencia obrera, en cuya caso los obreros, viendo su pleito perdido
o en peligro de perderse, acuden a la intervención de tercerías,
de los gobiernos o sus representantes, negando así la positividad
de la acción directa.
Por el contrario, planteada la huelga en circunstancias industriales favorables
al gesto obrero, y preparados convenientemente los medios para hacer fracasar
la solidaridad burguesa, por mucha capacidad de resistencia que tenga
la burguesía afectada por el conflicto, las necesidades industriales
la obligan a transigir y a ceder, o a recurrir a la intervención
autoritaria y de determinadas instituciones oficiales, cuya intervención
puede y debe desatenderse en razón a la posición ventajosa
de los trabajadores. Claro que el estar al tanto de esas circunstancias
implica un problema de estudio y de comprensión del proceso de
la evolución industrial y de los flujos y reflujos económicos,
estudio y comprensión que reportan enorme trabajo, un trabajo que,
por insano prejuicio en éstos y en aquellos por una inconcebible
pereza mental, está desatendido por la mayoría de militantes.
Conocer la geografía económica o de la producción
y el mecanismo financiero, económico y técnico de la industria
; investigar la importancia de la evolución de la mecánica
aplicada a las industrias; estudiar y prever las fluctuaciones de la oferta
y la demanda; tener como base de las actividades opositoras al capitalismo
el conocimiento de las estadísticas de exportación e importación
de productos, del precio de las materias primas, coste de la mano de obra
y cuantía de facturación de un producto determinado, el
que interese más directamente; establecer la ecuación entre
la necesidad y la posibilidad de una cosa.... todo eso es muy engorroso,
tal vez demasiado engorroso. Pero en ello mismo encuentra uno la comprensión,
por cuanto saber adquirirlo es saber enriquecerse intelectualmente, y
riqueza intelectual es riqueza de espíritu, es luz y es energía
transmisibles después de asimiladas.
Hemos querido hacer estas ligeras observaciones y con ellas decir que
a la huelga sólo debe de irse cuando se está en condiciones
para ello. Mas, contrariamente al pensamiento marxista, que todo lo subordina
a las condiciones de existencia, agregamos que el proletariado está
siempre en condiciones de defender su dignidad de clase, ya que ésta
a nada se subordina ni admite dilaciones que puedan dejarla indefensa.
* * *
Uno, de los objetivos más importantes y menos perseguido por
el Sindicalismo Revolucionario es la implantación del « label
», desconocido de la mayoría de los trabajadores, con ser
él la expresión de su personalidad colectiva.
El « label » es el sello o marca sindical, es el visto bueno
que el proletariado imprime en los productos por él fabricados,
ya como significación de que el producto ha sido elaborado por
obreros sindicados, ya como significación de que el artículo
está fabricado sin fraude y sin materias nocivas a la salud pública.
Es incuestionable que el proletariado tiene destacada, principal personalidad
en el mundo de la producción; pero siempre en los productos la
marca de fábrica, el «label» capitalista, jamás
la marca de fabricación que corresponde a los trabajadores. Conscientes
estos de su responsabilidad social, seguramente se negarían a poner
su «label» en los productos elaborados con materias adulteradas
y a autorizar con él las expediciones con el acostumbrado fraude
en el peso o medida, por cuyo motivo el capitalismo se opondrá
siempre a que la personalidad social del proletariado tenga el relieve
debido en el mundo de la producción. No obstante, esa oposición
capitalista no aminoraría un ápice la responsabilidad la
mano de obra contrae en la adulteración, fraude y nocividad de
los productos por ella manipulados.
Planteada así la cuestión, es cuando el proletariado debe
tener mayor interés en el control de la producción, no sólo
como función fiscalizadora e informativa, sino también como
acto de autorización y de garantía. La omisión de
esa función social de los trabajadores presenta la acción
sindical de, éstos como un hecho egoísta de clase, sin trascendencia
general y pública, lo que resta simpatía y confianza, la
simpatía y confianza que el Sindicalismo Revolucionario debe merecer
a las clases desprovistas de los títulos y privilegios de la burguesía.
El Sindicalismo Revolucionario no ha de laborar solamente en interés
del proletariado manual. Ha de laborar asimismo en interés general,
tanto más cuanto su objetivo final es profundamente revolucionario
y transformador de la sociedad, y para ello necesita atraerse la simpatía
y adhesión de todos los sojuzgados por el sistema social presente
con sensaciones de su valor moral y público, alejado de exclusivismos
de clase, que no son garantía alguna de la justicia social del
futuro.
Constatemos que si rozamos este tema, no perseguimos otro objeto que decir
que, por la fuerza del Sindicato, el proletariado ha logrado por bastante
tiempo someter la burguesía al reconocimiento de su personalidad
sindical y jurídica; reconocimiento harto limitada, empero, por
cuanto ni de intento se ha tratado de que la personalidad proletaria trascendiera
de derecho, como valor social, con la implantación del «
label », el cual, si en principio significa que los productos son
fabricados por obreros sindicados y la garantía de que los artículos
están elaborados sin fraude y sin materias nocivas a la salud pública,
puede ser también la base en que el proletariado apoye su derecho
legítimo a intervenir en la administración y dirección
de la producción.
VIII. LA ACCIÓN DIRECTA
La acepción que en nuestros medios se ha dado a la acción
directa es tan simple y pueril, que los adversarios hallan en ello motivos
para calificarnos en las formas más despectivas. La acepción
que generalmente se da a la acción directa es ésta : «Solución
de los conflictos entre el capital y el trabajo tratando directamente
patronos y obreros, prescindiendo de la Autoridad.» Repetimos que
ésa es la acepción general, y no hay que decir que ella
denota una pobreza universal y justifica las pullas y epítetos,
provinentes, desde luego, de los que disimulan su ignorancia con la ignorancia
de los demás.
Esencialmente, «acción directa» significa «acción
de masas», y las masas obreras no solamente están interesadas
en los problemas que se debaten entre el capital y el trabajo, sino que
lo están asimismo en todos los problemas de la vida pública
y social, sean ellos morales, políticos, jurídicos, administrativos,
culturales, y cuantos se refieran al orden de la justicia y la libertad.
Por eso mismo, si acción directa es solucionar los conflictos económicos-profesionales
tratando directamente con la burguesía, prescindiendo de la autoridad,
igualmente « deber ser y es » acción directa tratar
directamente con la autoridad y con el Estado, el Municipio o cualquier
otro estamento, en tanto los problemas a tratar y resolver se debatan
entre la clase obrera y cualesquiera de dichas instituciones.
Veamos de aportar ejemplos. Supongamos que es la autoridad gubernativa
quien clausura un centro obrero u ordena la detención de uno o
varios trabajadores y que esa detención, por ser gubernativa, es
arbitraria. Sería pueril reclamar a la burguesía el levantamiento
de la clausura o la revocación de la orden de detención,
por cuanto lo natural y lógico sería ir directamente a la
autoridad gubernativa que tal decretara.
Admitamos -¿es necesario admitirlo?- que existen una o varias leyes
que lesionan los legítimos intereses del proletariado a que son
un valladar al progreso político - social del pueblo, y si cándido
es mandar diputados al Parlamento para que consigan la reforma o derogación
de las leyes perniciosas, estúpido sería dirigirse a la
burguesía con semejantes fines. Es el mismo proletariado quien,
directamente, debe enfrentarse con los Gobiernos y determinarlos a la
reforma o derogación de las leyes o decretos perjudiciales a los
intereses de aquél y al proceso de la evolución político-social
de la colectividad.
El procedimiento debe ser el mismo cuando se trata del Municipio o del
estamento que fuere, pues ya hemos dicho que la clase obrera, como cualquier
otra clase, está interesada en todos los problemas morales, políticos,
jurídicos, culturales, administrativos y los que se relacionan
con la justicia y la libertad ciudadanas, los cuales pueden ser suscitados
tanto por el Estado como por el Municipio, pasando por toda la gama de
organismos oficiales.
* * *
Harto sabemos que eso se llama «hacer política»
y que eso es enarbolado como un espantajo por ciertos Padres de la iglesia
anarquista, como si la doctrina anarquista fuera un tratado de dogmas
y un coto cerrado a los determinismos del proceso universal de la Historia.
Por eso, antes de seguir adelante con los ejemplos, escogidos
entre los más simples, queremos exhumar un hecho histórico,
cuya continuación trata de encarnar en España el Sindicalismo
Revolucionario, soplo espiritual que da vida a la CNT.
La Federación Regional Española (Sección española
de la I Asociación Internacional de los Trabajadores) era un organismo
proletario de lucha de clases, como lo es en nuestros días la CNT,
y el alma de aquel organismo lo eran unos hombres activos e inteligentes
que, conocidos genéricamente con el adjetivo de «internacionalistas»,
profesaban y mantenían con un ardor sublime ideas anarquistas.
Bakunin era el inspirador de aquellos hombres, y cualquiera que conozca
la historia de sus actividades, sabe que los internacionalistas del pasado
siglo no gustaban de andarse por las ramas y se dirigían directamente
a las raíces de los males sociales, y, al efecto, atacaban todos
los problemas de la sociedad.
Se decían antipolíticos, forma de expresar su repulsión
al parlamentarismo y a los falaces sistemas democráticos legados
al mundo por las revoluciones políticas, pero no se desentendían
de los problemas políticos, pues no era posible que a aquellos
hombres, cuya cultura se midió más de una vez con la cultura
de las potencias intelectuales de la época, les escapara que en
el fondo de todo problema político yace el gran problema económico-social,
como tampoco podía escaparles que este gran problema es el básico
de una gran serie de problemas morales y espirituales, jurídicos
y humanos, cuya universalidad, en fin, constituye el sistema medular de
la sociedad capitalista.
Por eso la Federación Regional Española, tanto como en las
luchas económicas de clase, empleaba su atención y sus energías
contra las leyes de la herencia, de la propiedad, del matrimonio, de las
relaciones del Estado con la Iglesia y las Ordenes monásticas,
etc., etc., y esas sus actividades, expresadas con una crítica
inexorable y resumidas en un programa tan humano como fundamental, concitó
las iras de las clases privilegiadas, que, sin más armas para perseguir
el programa político-social de los internacionalistas, lo calificaron
de inmoral, antisocial e incluso de bandidísimo, como asimismo
luego, medio siglo después, lo han calificado los estranguladores
de la Revolución Social en Rusia.
Es indudable que los internacionalistas, todos ellos anarquistas e inspirados
por aquel gran inquieto que se llamó Miguel Bakunin, «hacían
su política» enfrente de la política del capitalismo
y de las clases burguesas. Es evidente que ellos «hacían
política a su manera» y que «realizaban esa política
por medio de la acción directa del proletariado», y es que
sólo un sedimento de estulticia puede negar que «la acción
directa es el arma política del proletariado revolucionario».
Además, los internacionalistas no se calificaron jamás
como obreristas. Su más alto galardón era llamarse anarquistas,
y los que así se llamaban, en tanto que se reclamaban antipolíticos,
declaraban siempre que el Anarquismo es una doctrina político-social.
También nosotros, los anarquistas que somos el espíritu
de esotro espíritu encarnado por el Sindicalismo Revolucionario
que da el ser a la CNT de España, profesamos esa doctrina político-social
y estamos en nuestro centro cuando «hacemos política»
cual la hicieran los gloriosos internacionalistas del siglo XIX.
Continuemos en el plano de los ejemplos. Supongamos que el proletariado
acaba de salir de una represión extraordinaria y que los caídos
en las redes de la Ley han sido objeto de sanciones sistemáticas
y excepcionales, y admitimos que la gravedad y lo sistemático del
caso imponen proceder a una campaña pro amnistía y revisión
de determinados procesos especiales. El procedimiento a emplear en tal
caso no ha de reducirse a realizar la campaña en la prensa y la
tribuna, formando con ello un estado de opinión favorable a los
objetivos perseguidos, sino que, además, la campaña debe
adquirir la máxima amplitud con una actividad extraordinaria de
los sindicatos, no haciendo, como es corriente que ocurra, que las juntas
o comités expidan telegramas o instancias solicitando amnistías
o revisiones, sino celebrando asambleas generales y bien públicas
en que las masas intervengan y se manifiesten votando conclusiones que
expresen su voluntad por la justicia y la libertad.
Si la campaña, así simultaneada, tiene la suficiente intensidad
y gana el interés público, los Gobiernos tratarán
de oponerse a la campaña; pero si la organización obrera,
apoyada en la opinión, es lo bastante fuerte para mantenerse firme,
la campaña proseguirá presionando a los Gobiernos hasta
que, al fin, ellos procedan de acuerdo con la campaña y en previsión
de complicaciones políticas.
Como axioma incuestionable, se ha dicho: « Voz del pueblo, voz de
Dios », y el axioma, por serlo, no falla cuando hay inteligencia
para comprender, y serenidad para realizar.
Un ejemplo bien gráfico. Admitamos que un Gobierno trata del proyecto
de un impuesto de utilidades gravando los jornales de la clase obrera,
y admitamos, también, que ésta está fuertemente organizada.
Supongamos ahora que los más estudiosos militantes de esa organización
se aperciben de la sinrazón del proyecto y echan las campanas al
vuelo en las asambleas sindicales, en las cuales tratan de demostrar a
las masas, y lo consiguen, no ya que los jornales son insuficientes para
la atención de los derechos de existencia decorosa, sino sobre
todo que el jornal no es utilidad, esto es, que el jornal es el producto
de un esfuerzo incompensado por la sociedad; y supuesto esto, supongamos
asimismo que, además de la enérgica protesta de las asambleas
sindicales, la organización sale a la vía pública
por medio de una campaña de oposición al proyecto de impuesto
de utilidades, campaña que, en último término, culmina
en una huelga general. ¿Qué pasará?
Si la voz del pueblo está en condiciones de hacerse oír
como la voz de Dios, y la voz de Dios es la fuerza del pueblo, es indudable,
por lo menos muy probable, que el Gobierno será forzado a reconocer
su sinrazón y a desistir de su proyecto, como, por ejemplo, en
1908 el Gobierno Maura se vio precisado, por el empuje del pueblo, a retirar
aquel famoso proyecto de Represión contra el Terrorismo, cuyo terrorismo
existió para dar pretexto a un ataque a las libertades individuales.
Y cuando hablamos de un proyecto de impuesto de utilidades, queremos decir
que el mismo procedimiento es utilizable para la oposición a todo
proyecto de ley y a todo decreto o ley promulgados. En definitiva, se
trata de un problema de organización y de fuerza.
* * *
Creemos haber dicho lo suficiente para dar una idea de lo que es acción
directa. Pero esbozado el sistema, conviene decir que la forma de practicarlo
cae en la órbita del empirismo, esto es, que el sistema es practicable
en esta o aquella forma y en tal o cual grado de extensión e intensidad,
según los casos y las exigencias del momento.
Repetidas veces hemos visto menospreciar el empirismo tachándolo
despectivamente de sistema fundado en la mera práctica o rutina,
y es bien cierto que el empirismo ha sido reconocido como un sistema filosófico
que toma la experiencia como base de los conocimientos humanos. Preguntamos
nosotros si existe sistema filosófico alguno que no tenga por única
base a la experiencia y a la precognición, mejor dicho, al conocimiento
de las cosas de existencia anterior a cualquier sistema filosófico.
La respuesta será negativa.
Las mismas ciencias, cualesquiera que ellas sean, son de naturaleza empírica
de igual forma que los sistemas filosóficos. Pero, aunque estas
ligeras consideraciones nos servirían de buena razón para
justificar nuestra indiferencia por los rimbombantes « métodos
científicos » con que los marxistas orlan sus actuaciones,
no tratamos de defender al empirismo.
Lo que importa subrayar es la prepotencia del proletariado, el cual puede
y debe resolver todos sus asuntos y transformar fundamentalmente el mundo
social sin delegar su soberanía en quien de su soberanía
hará un medio para saciar ambiciones personales. Y no importa menos
subrayar el error en que viven los que no han comprendido que «
acción directa » significa « acción de masas
» y que sin la acción de las masas la acción directa
equivale a un redentorismo, aunque sin diputados y demás, pero,
tan ineficaz como el redentorismo de éstos.
Una consideración final, ya que más tarde nos será
forzoso volver sobre el tema.
Hemos concluido hace mucho tiempo que la influencia de los partidos políticos
mantiene disperso al proletariado en el orden de las apreciaciones político-sociales.
El hecho es una realidad más concluyente todavía. La gran
masa general del proletariado coincide en cuanto a la interpretación
del magno problema económico, pero discrepa y se repele entre sí
en cuanto se refiere a las formas de resolver los problemas permanentes
de orden genérico y los de estructuración político-social.
Precisamente la concepción del Sindicalismo Revolucionario tiene
su origen en el propósito de dar al traste con ese dualismo existente
en un mismo individuo.
Además de aprovechar la coincidencia del proletariado en cuanto
a la interpretación y al afán de solución del problema
económico, el Sindicalismo Revolucionario trata de que reine esa
misma coincidencia respecto de los demás problemas. Si el Sindicalismo
persigue ese fin, es preciso que él, desde plano que le es característico,
atienda todos los problemas en que entienden los partidos políticos.
El plano característico del Sindicalismo es la acción
directa, es la acción de masas, y es necesariamente preciso que
sean las mismas masas las que practiquen la acción directa, las
que por sí mismas traten y resuelvan los problemas que propiamente
les interesen. Observando así el Sindicalismo, y adiestradas las
masas, en la más amplia práctica de la acción directa,
es incuestionable que ellas estarán en condiciones de prescindir,
y probablemente prescindirán, de los partidos políticos
que las dividen y distraen de su objetivo emancipador, y de los políticos
que las explotan en su exclusivo provecho personal.
Y con ello se logrará el natural y absoluto deslinde de campos:
a un lado el capitalismo y al otro el proletariado; aquí los explotadores,
los victimarios; allá los explotados, las víctimas...
Sin transiciones, sin falacias redentoristas, tal cual en verdad es la
realidad.
IX. FINALIDAD DEL SINDICALISMO
La finalidad del Sindicalismo es esencialmente política.
Sabemos que la palabra «política» hiere la vista y
los oídos de muchos camaradas, y, sin embargo, al decir que la,
finalidad del Sindicalismo es esencialmente política, hablamos
con propiedad.
Decirnos «política», y no «político-social»,
porque el Sindicalismo tiende a un fin: a la toma de posesión de
la tierra, fábricas, talleres, minas y de todos los útiles
y medios de producción, transporte y cambio; diríamos «político-social
» o «social» a secas, si fuese el Sindicalismo el llamado
a estructurar moral y orgánicamente las formas de convivencia social
de la sociedad futura y, por tanto, a trazar el orden de las relaciones
económico-industriales en el nuevo estado de cosas creado por la
Revolución Social. Pero no es así, por cuanto el llamado
a hacerlo es el Anarquismo, no sólo cómo escuela socialista,
sino porque desde el primer momento de producirse el hecho violento de
la Revolución, erígese él en cerebro orientador y
organizador de ésta.
A ese concepto nos atenemos todos cuando afirmamos que el Sindicalismo
es un medio y un fin el Anarquismo. Y es preciso decir ahora que cuando
atribuimos al primero finalidades político-sociales, en lugar de
la finalidad política que le es propia, es cuando nos hallamos
en la convergencia del Sindicalismo y el Anarquismo en mutuo complemento,
que en ningún caso es confusión y sí continuidad.
Era necesario esa aclaración para dejar bien sentado que la finalidad
del sindicalismo es esencialmente política; pues, para nosotros,
aun a riesgo de equivocarnos, todo medio de acción es político
y social todo hecho constructivo como el que antes atribuimos al Anarquismo.
* * *
Digamos de una vez que la finalidad del Sindicalismo es la Huelga General,
de la que se seguirá la abolición de la propiedad individual
para convertirla en común.
En otra parte de este opúsculo hemos ya dejado entrever que sin
ese ataque a fondo contra el capitalismo, la suerte del proletariado no
tiene solución de continuidad, será siempre esclavo del
salario, base de su esclavitud universal.
Replicando a los que calificaban de utópica a la Huelga General
Arístides Briand, el prominente gobernante francés, ha dicho
en el Congreso General del Partido Socialista de la vecina república,
celebrado en 1899:
«¿Decís que es utópica? Pues si persistís
en juzgarla así, será preciso que vengáis a declarar
que consideráis también como destinada al fracaso toda tentativa
para determinar una corriente profunda de solidaridad obrera; debéis
decirnos que el movimiento sindical está condenado a no alcanzar
jamás su completo desarrollo, que tenéis a los trabajadores
por demasiado inconscientes para formar en un momento dado una Confederación
General. Pues yo tengo más confianza en ellos y estoy convencido
de que, con la ayuda de la propaganda y multiplicándose los sindicatos,
adquiriendo cada día una noción más clara de sus
intereses y de sus deberes, los trabajadores realizarán la unión.
Si, un día, todos los trabajadores, estrechamente agrupados sobre
el terreno sindical, opondrán una fuerza irresistible a ese patronato
que no ha esperado a que los trabajadores adquieran consciencia de sus
intereses para unificarse contra el proletariado.
« ...La nueva táctica, en efecto, no tiene por objeto único
y exclusivo servir los intereses puramente económicos, sino que,
si llega el caso, puede emplearse con la misma eficacia en la defensa
de las libertades políticas que el proletariado considere a justo
título como condición definitiva. En este sentido fue votada
por primera vez, en el Congreso corporativo de Marsella, en 1892, la organización
de la Huelga General.
« Ahora, cuando hacía entrever la posibilidad de semejante
batalla entablada entre el proletariado y el patronato, unos compañeros
decían: «¡Eso será la Revolución!»
Pues, si, « yo lo digo también »: creo firmemente que
la Huelga General «será la Revolución». Pero
la Revolución bajo una forma que da a los trabajadores más
garantías que las del pasado y en la que les expone menos a las
sorpresas, siempre posibles, de las combinaciones exclusivamente políticas.
« ...No es ya una revolución alrededor de falaces fórmulas,
no se trata ya solamente para el pueblo de conquistar la facultad pueril
y quimérica de inscribir en el frontón de los monumentos
públicos sus derechos a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad.
Es una revolución de las cosas, que al fin permite al hombre pasar
del terreno de las palabras al de la realidades.
«La oposición apasionada, hecha por los hombres más
eminentes del partido obrero francés, a la concepción de
la Huelga General, es tanto menos comprensible cuanto que los marxistas
han atribuido siempre a la evolución económica una influencia
decisiva sobre la modificación de los medíos sociales. ¿No
ha fundado principalmente Marx la esperanza de la próxima revolución
sobre la situación antagónica que resulta del carácter
« privado » del modo de apropiación opuesto al carácter
« social » del modo de producción ?
« ¿Cómo hombres imbuidos de esos principios, como
Guesde y Lafargue, han podido juzgar utópica y falaz la idea de
la Huelga General, cuya consecuencia es la expropiación de los
instrumentos de producción por aquellos mismos que están
ya sistemáticamente organizados para hacerlos funcionar? ¿No
es verdad, compañeros, que si la Revolución ha de afectar
alguna vez al carácter de la lucha de clases, ha de ser ésta?
»
Realmente, la recia argumentación de Briand es de una consistencia
a toda prueba. El proletariado conquistará mejoras más o
menos importantes, se hará la ilusión de que el progreso
político-social es un hecho incuestionable, tangible; pero, en
realidad, él no habrá salido de la esclavitud económica,
que conlleva la esclavitud intelectual, política y social.
«En general -dice el mismo Briand-, la historia demuestra
que el pueblo apenas ha obtenido más que lo que ha tomado o podido
tomar él mismo. ¿Qué etapas hay en la marcha
de la Humanidad hacia su emancipación que no estén marcadas
con sangre? Hasta fuera de los períodos revolucionarios, casi siempre
bajo la influencia de la amenaza y por efecto de una intimidación
han sido sucesivamente consentidas las mejoras populares. Sin la menor
intención de negar la influencia de la evolución sobre esos
diversos cambios de estado, creo poder afirmar, sin temor de ser desmentido
por nadie, que la realización efectiva de los progresos sociales
se ha retrasado siempre sobre la evolución misma. Siempre ha sido
necesario el golpe decisivo, el esfuerzo supremo, haya revestido la forma
francamente revolucionaria, o háyase limitado a la amenaza.»
Es una conveniencia el que Briand hable por nosotros. Quisiéramos
tener el espacio necesario para hacer que fuera él el que siguiera
hablando de lo que nosotros hemos de callar. Subrayemos, pues, que fue
en el Congreso corporativo (sindical) de Marsella, en 1892, donde se habló
por primera vez de la Huelga General, y ha sido Briand el que, poniendo
todas las esperanzas emancipadoras del género humano en la acción
sindical, ha cantado con mayor elocuencia la transformadora grandeza de
la Huelga General.
En definitiva, si el Sindicalismo Revolucionario es algo positivo, indudablemente
él irá, a su finalidad : a la Huelga General con todas sus
consecuencias, a la expropiación de los instrumentos de producción,
a la abolición del capitalismo y del Estado.
* * *
Admitamos en hipótesis que el proletariado está en plena
Huelga General y que está ha triunfado completamente.
Después del hecho violento, la labor más urgente e inaplazable
es organizar la producción, no sólo con miras a que la máquina
económica sufra el menor quebranto posible, sino también
con el fin de asegurar el triunfo de la Revolución; labor que no
puede estar encomendada a nadie más que a los Comités de
fábrica, taller, etc., los cuales, por tanto, deben ser los llamados
a tomar posesión de los respectivos centros de producción
y ponerlos en funciones.
Se puede afirmar que con ese paso termina la misión esencialmente
revolucionaria del Sindicalismo. Desde ese momento, aunque sin negar la
fundamentalidad que siempre tiene en sociedad lo que es expresión
económica de la misma, el Sindicalismo, en tanto que factor importantísimo,
deviene en valor secundario. Lo principal es la Comuna, nexo de todos
los valores individuales, morales y económicos de la sociedad.
Porque suponiendo que el Sindicalismo es admitido como valor básico,
como gerente de la nueva sociedad, en seguida veremos que siendo el Sindicalismo
la expresión representativa de una pluralidad de sectores industriales,
comprendidos en ellos todos los aspectos de la economía, es de
esa pluralidad de donde nace un considerable peligro para la existencia
de la misma sociedad. Hay industrias básicas y las hay secundarias,
dependientes unas de otras; las hay también preponderantes en utilidad
y extensión sobre otras; y teniendo presente las flaquezas humanas,
es admisible que esa superioridad sería base para que lo básico
y preponderante tratase de sojuzgar a lo secundario e inferior industrialmente.
De ahí la necesidad de un nexo, que nos puede ser más que
la Comuna, centro en que no solamente convergen las relaciones económicas
del agro y la industria, sino que, además, es él el representante
del interés general de la sociedad.
El peligro es otro aún. Admitamos que la Huelga General se realiza
en España y que los sindicatos toman las fábricas, talleres,
minas, etc.. y admitamos, asimismo, que son ellos los que toman a su cargo,
no sólo la organización de la producción, sino también
la distribución de la misma bajo su exclusiva responsabilidad y
conveniencia de cada uno; y admitido esto, admitamos también que
la Confederación Nacional del Trabajo se erige en centro de relaciones
económico-industriales y en regulador de las condiciones de convivencia
social, y en este caso será una democracia económico-industrial-agrícola,
nos encontraremos otra vez ante el Estado sin atenuantes de ninguna clase,
ya que el Estado, en todo caso, no es más que una máquina
administrativa encarnada en nuestra hipótesis por una imprescindible
burocracia sindical.
En efecto, son hipótesis todas esas figuras; pero, sin embargo
de todo, la trayectoria del Sindicalismo está trazada sobre esa
serie de hipótesis que, tanto en la forma como en el fondo, son
un ataque a la causa de la libertad.
Porque la sociedad futura no será una sociedad de manuales. Lo
será de hombres, manuales unos, e intelectuales otros, confundidos
todos en una sola clase social. Y si los sindicatos hubieran de ser los
gerentes de la producción y de la distribución de los productos,
¿cuál sería en esa sociedad el papel del médico,
y el del escritor, y el del artista, en fin, el de todos los obreros de
la inteligencia? Si la célula de la sociedad no fuera el individuo,
sino el Sindicato, los intelectuales tendrían necesariamente que
constituir sus sindicatos o corporaciones, y asusta pensar en el problema
que ello crearía, por cuanto, por poco que se analice, nos hallaríamos
ante la supervivencia de las clases sociales, ante un problema de castas
antagónicas socialmente.
Por eso conviene dejar bien sentado que si la magna y complicada máquina
económico-industrial-agrícola de los pueblos hará
imprescindible tener a mano el gran medio de los sindicatos, éstos,
en la sociedad futura, no deberán ser otra cosa que instrumentos
técnico-profesionales para la organización y coordinación
de la producción en sus variados aspectos, y siempre un medio al
servicio de la colectividad social, cuya expresión ha de ser la
Comuna, órgano coordinador del libre acuerdo y del interés
general de la sociedad libertaria, cuyos lemas fundamentales, sin distinción
de nada ni de nadie que aporte su esfuerzo o su inteligencia al acervo
común, son éstos:
«De cada uno, según sus fuerzas ; a cada uno, según
sus necesidades.»
«Todos para uno y uno para todos.»
X. ROL DEL ANARQUISMO EN EL MOVIMIENTO OBRERO
Para que los peligros que conlleva en sí el Sindicalismo -véase
lo dicho en el articulo anterior-, puedan ser evitados, es necesariamente
preciso que los anarquistas traten en todo momento de proyectar su espiritualidad
ideológica sobre el movimiento sindicalista. Ya hemos dicho que
el Sindicalismo es una formidable arma de lucha, la materialmente de mayor
contundencia para 'enfrentarse con los enemigos del proletariado; pero
repetimos que el Sindicalismo no es un fin social ni lo busca concretamente,
si no es al calor reflejo de entidades ideológicas ajenas al mismo.
Véase lo que ocurre en Francia, por ejemplo. El partido socialista
ejerce su influencia sobre la CGT, la ejercen asimismo los comunistas
sobre la CGTU, e igualmente la CGTSR recibe la influencia de los anarquistas.
Es interesante observar que la proyección de esas influencias de
las diferentes escuelas ideológicas sobre las centrales sindicales
en ningún caso supone confusión de entidades y mucho menos
un hecho de absorción. Cada entidad conserva su personalidad, mejor
o peor definida, en relación a sus intereses específicos,
y es natural y muy razonable que así sea por cuanto los componentes
de la CGT no son, ni de mucho, socialistas todos, como tampoco son todos
comunistas y anarquistas los componentes de la CGTU y la CGTSR, respectivamente.
Es incuestionable que entre esas entidades ideológicas y las centrales
sindicales hay el vínculo de una estrecha relación y un
mutuo reconocimiento que las identifica relativamente, pero nunca existe
la intrusión de una entidad en otra, cuyo caso no puede darse sin
menoscabo de la personalidad y soberanía de la entidad intervenida
materialmente por otra. Y es que en Francia y en casi todos los países
del mundo, en cuanto a las relaciones del partido o agrupación
ideológica con la colectividad sindical, se distingue la «
intervención material » de la «influencia espiritual».
Hoy, en España, constituye un problema la no distinción
de esos dos términos, los cuales, con todo y ser tan distintos,
van y consiguen llegar a un mismo fin, aunque la desventaja está
en aquellos que persiguen conseguir las directivas de la CNT con la material
intervención de colectividades ajenas a la misma.
Y no sólo está la desventaja en hacer más largo el
camino. Como han dicho Malatesta, Rocker, Fabbri y otros camaradas no
menos ilustrados, opiniones compartidas por los dos últimos Congresos
dé la AIT, la confusión del Anarquismo con el Sindicalismo
pone al primero en peligro de ser desnaturalizado por las lógicas
fluctuaciones a que es sometido el segundo por los determinismos económicos
y políticos de la sociedad capitalista, aparte de que, como se
ha visto prácticamente, para conseguir un movimiento obrero con
finalidad anarquista no es preciso llegar a esa confusión.
Admitamos que la declaración de principios del Congreso del Teatro
de la Comedia es insuficiente para definir las actividades de la CNT como
un movimiento obrero con finalidad anarquista, no es preciso llegar a
esa confusión.
Admitamos que la declaración de principios del Congreso del Teatro
de la Comedia es insuficiente para definir las actividades de la CNT como
un movimiento obrero con finalidad anarquista, y admitamos además,
que en 1923 las actividades confederales representaban un movimiento obrero
específicamente anarquista, sin transición alguna entre
el Sindicalismo y el Anarquismo. Este, entonces, habríase visto
en el trance de optar entre adaptarse al nuevo estado de cosas, hecho
absolutamente inadmisible o desaparecer. Tratándose de un movimiento
obrero, la desaparición sólo se concibe de una forma: colectivamente,
y la desaparición, en este caso, no solamente hubiese sido del
movimiento, sino también del Anarquismo vinculado colectivamente
a aquél.
No había en 1923 tal movimiento obrero específicamente anarquista,
y en el trance de desaparecer algo, aunque relativamente, ha sido el Sindicalismo
el que desapareció. El Anarquismo, como escuela y como colectividad,
queda en pie, inconmovible, porque él no es movimiento de masas,
sino corriente espiritual e ideológica, un valor moral orientador
y de impulsión.
* * *
Hablemos de las agrupaciones específicas, de los llamados grupos
anarquistas, cuya misión, a juicio nuestro, es tan trascendental
en sí misma como necesaria al Sindicalismo.
Las agrupaciones específicas no son selecciones profesionales,
es decir, grupos de individuos de una misma profesión, sino núcleos
de individuos unidos por el nexo de la afinidad en aspectos diversos y
del afán de cultura y de formación espiritual para la propaganda
y la acción político-social. Cada agrupación específica
debe ser la fragua en que se forjen los orientadores de las masas proletarias
y los adalides de la transformación fundamental de la sociedad.
Orientar a las masas no lo hace el que quiere, sino quien puede, y adalid
de una causa o una acción no lo es cualquiera que tenga arrestos
de macho, sino el que, además de esos arrestos administrados conscientemente,
tiene cultura, inteligencia y sabe usar de buenas razones para convencer
y levantar los entusiasmos por la acción o la causa propugnada.
La agrupación específica es lugar de estudio. Los más
destacados problemas éticos, económicos, políticos
y sociales han de pasar por ella y ser puestos sobre la mesa de disección,
para su análisis, trabar profundo conocimiento con lo analizado
y de ello formarse un juicio lo más real y exacto posible, con
el fin de que el resultado del estudio sea beneficioso a la causa de la
emancipación humana.
Si las agrupaciones específicas son núcleos de individuos
de profesiones heterogéneas, en ellas deben debatirse todos los
problemas generales y llegar, mediante el acuerdo adoptado libremente,
a conclusiones concretas y a proposiciones de orientación orgánica,
económica-industrial, sobre cultura y mil temas más que
sería prolijo enumerar.
Demos ejemplos precisos. Supongamos que la llamada racionalización
del trabajo es el tema puesto a debate en un grupo anarquista, y supongamos
que éste tiene el suficiente sentido de ponderación para
estudiar el tema en sus principios científicos y en su alcance
y consecuencias económico-industriales y de clase; y habida cuenta
de todo ello, la conclusión no puede ser menos que una posición
con vistas a contrarrestar los efectos de la racionalización del
trabajo, tan perniciosos a los intereses económicos, morales y
colectivos del proletariado. Esa posición opositora habrá
de descansar sobre razones y verdades demostrables, y son esas verdades
y razones lo que hay que llevar al seno de las organizaciones sindicales.
Ilustrados los individuos componentes de la agrupación específica,
cada uno de ellos debe erigirse en preconizador y adalid de esas razones
y verdades en su respectivo sindicato, siempre con el propósito
de orientar a éste y conducirlo por sendas conformadas a las necesidades
de clase y a la finalidad ideológica del Anarquismo.
Más claro aún. La agrupación anarquista es el centro
de estudio y el laboratorio donde se elabora el cerebro de la nueva Humanidad,
cuya lucidez ha de irradiar y proyectarse sobre el alma y el cerebro del
pueblo y, por tanto, en las organizaciones sindicales, por la acción
propagandista de los individuos componentes de la agrupación. Queremos
decir que el individuo toma la luz de la agrupación para llevarla
al sindicato o a otros medios colectivos o de reunión, sin que
esa función intermedia del individuo haya de significar que la
agrupación es una prolongación del sindicato o viceversa,
ya que el sindicato y la agrupación específica son dos cosas
distintas e independientes y, por ende, inconfundibles.
El individuo anarquista habla con criterio anarquista en el sindicato,
en la tertulia y en donde quiera que esté, y es evidente que si
ese individuo es culto, inteligente y razonable, su criterio tomará
proporciones preponderantes y la tertulia y la organización sindical
serán atraídas por el criterio anarquista, su apostolado
espiritual lo será de captación, con mayor eficacia que
si su apostolado lo es de coacción y de imperio en nombre de un
ideal, aunque éste sea de máxima libertad.
Lo que necesita el individuo, es que no le falte la agrupación
específica donde hallar la fuente de orientación, de inspiración
y de impulso para la propaganda.
XI. COMPLEMENTOS DE LA AGRUPACIÓN ESPECIFICA
Decíamos que lo que necesita el individuo es que no le falte la
agrupación específica donde hallar la fuente de orientación,
de inspiración y de impulso para la propaganda. Añadimos
ahora que ello no basta. Es necesario que el individuo disponga del medio
de « hacerse », de formar su mentalidad familiarizándose
con las más positivas ramas del saber humano, sobre todo con las
ciencias económicas y sociales.
Generalmente hablando, puede afirmarse que las agrupaciones específicas
de nuestros días -y nuestros días empiezan a contar desde
ha algunos años- tienen más de club carbonario que de aula
para el cultivo de las inteligencias. Diríamos que nada tienen
de aula y sí mucho de estrechez y puerilidad, pues abandonados
los elementos de la cultura, que indudablemente señalan los horizontes
y permiten abrir otros nuevos, las agrupaciones anarquistas contemporáneas
no son mas que exponentes de solemnes ingenuidades que nada resuelven
ni pueden resolver.
Sin negar las buenas intenciones y la abnegación de los componentes
de esas agrupaciones, forzoso es decir que la generalidad de ellos desconocen
las líneas generales del Anarquismo y la misión de los anarquistas.
Las ostras no se abren con oraciones y sí con un instrumento incisivo
y resistente: pero el que no sabe manejar ese instrumento, corre el riesgo
de lesionarse sin conseguir su objeto de abrir las ostras. Queremos decir
que más importante que disponer del instrumento lo es el saberlo
manejar.
Si a la mayoría de camaradas catalogados como anarquistas se les
sometiera a un examen, los problemas sobre que se les preguntara, casi
en totalidad, quedarían sin contestar. Saben, sí, que el
mundo descansa sobre la injusticia social; pero, histórica y científicamente,
desconocen sobre qué descansa la injusticia social. Saben que las
víctimas de esa injusticia constituyen la inmensa mayoría
de la Humanidad; mas política, económica y sociológicamente,
desconocen las bases racionales y prácticas para gestar en esa
mayoría la fuerza volitiva de manumisión integral. La causa
de ello es una : la falta de cultura. Porque la misma fuerza, si no está
regentada por la cultura, raras veces es fuerza. Generalmente, es impulsión
esporádica que se extingue en su propia impotencia.
Veamos una de las bases de esa falta de cultura. No son todas, ni mucho
menos, las agrupaciones específicas que disponen de bibliotecas
que hagan bueno el lema «cultura y acción». No diremos
que sean las más las que carecen de ellas. Sin embargo, por pocas
que sean, el hecho da una idea del pobre concepto que del Anarquismo se
tiene. Pero es preferible dejar esos caricato-anarquistas que en tan pobre
concepto tienen el ideario que dicen profesar, ya que no se preocupan
de estudiar en los libros la grandeza filosófica y social de su
doctrina.
El hecho interesante es otro. Nuestras andanzas por varias regiones españolas
nos han puesto delante de muchas bibliotecas de centros obreros, culturales
y de agrupaciones específicas, y en casi todas ellas hemos
observado un mismo defecto capital: la librería era homogénea,
o casi homogénea. Nuestros sociólogos y pensadores, la mayoría
de los teorizantes del Anarquismo, figuran en los estantes. Pero sólo
por excepción hallaréis en ellos los nombres de los sociólogos,
pensadores y economistas de la acera de enfrente.
* * *
Tal vez se trate de un fenómeno de inconsciencia ; no obstante,
del hecho resulta que se huye del contraste, siendo así que de
él brota la luz que ilumina los intelectos. Cualquiera
que pretenda cultivarse intelectualmente entregándose exclusivamente
al estudio de una escuela determinada, lejos de cultivarse, como puede
ser la pretensión, se convertirá en dogmático, quizá
en fanático del dogma que le hizo presa. En cambio, si
además de las doctrinas preferidas se estudian otras doctrinas
de oposición a las primeras, no solamente serán éstas
tanto más asequibles y asimilables sino que, por natural añadidura,
el individuo estará en condiciones normales para comprenderlo todo,
de raciocinar sobre todo, y estará, en fin, sobre el camino de
cultivarse real y positivamente.
Quien sin dolerle prendas observe imparcialmente el panorama ofrecido
por las agrupaciones específicas de España, advertirá
en seguida que él es el resultado del defecto que acabamos de señalar.
Para el anarquismo militante español, por no hablar más
que de él, no existen las leyes de la evolución sino en
un grado muy poco subido. Los aires de renovación que impulsan
el individuo a superarse un poco cada día, en proporción
a la vertiginosa marcha del progreso universal del mundo, no soplan para
la generalidad de los anarquistas. Sin pensarlo ni quererlo, ella se empeña,
cual crustáceo, en vivir encerrada en su concha de tradiciones.
Objetivamente, los autores anarquistas producen muy poco sobre cuestiones
económicas y sobre todos los problemas creados por las modernas
manifestaciones del capitalismo industrialista y agrario, en cuyo alrededor
giran todos los fenómenos morales y políticos y cuyo todo,
puesto en estudio y asimilado conscientemente, provoca grandes inquietudes
espirituales y determina nuevas fuerzas y constantes renovaciones de los
métodos de lucha. Pero ese defecto de producción, que en
parte podría ser subsanado recurriendo a la producción de
autores no anarquistas, se agrava tanto más cuanto mayor es la
aversión a todo lo que no sean letras anarquistas.
« Dudar es el principio de toda sabiduría », ha dicho
Volney, y la generalidad de los anarquistas no sabe o no quieren dudar,
y de ahí su anquilosis intelectual. Si supiera dudar, las bibliotecas
no tendrían una librería homogénea, sino todo lo
contrario, y al lado de los libros de un Reclús y un Kropotkin
estarían los de Marx y Saint-Simon, y al lado de los volúmenes
de los economistas socialistas -aceptados en su acepción verdadera-
estarían los de un Adam Smith y un Henry George.
He ahí algo que sería doloroso tener que puntualizarlo más.
Pero conviene consignarlo, porque en su rectificación hallarán
las agrupaciones específicas –y las no específicas-
un complemento de sí mismas.
* * *
Veamos otra de esas bases de nuestra pobreza intelectual.
Los anarquistas del siglo pasado y principios del presente no se contentaban
con tener sus agrupaciones específicas. Sus inquietudes precisaban,
por lo menos en las grandes poblaciones, de los Centros de Estudios Económicos
y Sociales, en los cuales encontraban los elementos necesarios para el
cultivo de su espíritu y su intelecto. Y tanto lo conseguían,
que grandes mentalidades burguesas de aquellos tiempos no tenían
a menos el medir su cultura y sus talentos con los talentos y la cultura
de sencillos obreros manuales, que, en justo homenaje sea dicho, honraban
los ideales que decían profesar. Al leer de vez en cuando aquellas
edificantes controversias, en que obreros anarquistas defendían
elevada y elocuentemente nuestros ideales frente a potencias intelectuales,
sentimos la misma emoción que hubiéramos sentido de haber
asistido a ellas.
Es preciso retornar a aquellos tiempos en que, intelectualmente y como
valores positivos, los anarquistas merecían el respeto y la admiración
del adversario; y el deseo de ese retorno conlleva la necesidad de elevar
el concepto de la cultura, lo cual, ya que para los proletarios están
cerradas las Universidades y vedada la enseñanza superior, puede
conseguirse constituyendo instituciones de estudios económicos
y sociales y de cultura general, obra iniciada ya en diferentes poblaciones
donde los compañeros tienen un alto sentido de la misión
del Anarquismo.
Pero adviértase que no basta constituir esos centros culturales
para asistir a ellos a oír cursillos de conferencias. En cuestiones
culturales es muy conveniente que el sujeto pasivo pase a ser sujeto activo
en el mayor grado posible de intensidad. Oír o leer una lección,
es algo; pero más interesante que la lección oída
o leída, lo es el ejercicio sobre la misma – y pase la vulgaridad,
si vulgaridad es repetir la verdad-. Queremos significar que cualquier
problema presentado al estudio, para que éste sea tal, hay que
someterlo a juicioso análisis y a no menos comprobación
luego.
Es necesario insistir. X viene a nuestro Centro de Estudios Económicos
y Sociales a dar una conferencia sobre un tema determinado, por ejemplo,
«Las bases morales y económicas de la sociedad futura».
Como suele ocurrir, el tema será desarrollado en líneas
generales, en forma que el orador pueda dar «una idea», pero
no «toda la idea» de la importancia del tema y como sea que
en nuestro Centro, además de la Junta administrativa, hay constituidas
diversas comisiones, cada una de ellas en calidad de ponente de una especialidad
determinada, la de Sociología es la que tiene por misión
recoger las líneas generales expuestas por el conferenciante y
emitir una ponencia completando detalladamente lo que diríamos
« alcance total del tema desarrollado » ; ponencia que probablemente
no será perfecta, ni mucho menos, lo que no obstará para
que ella sea leída en una asamblea o reunión general del
Centro, convocada al efecto, la cual discutirá, enmendará
y ampliará el trabajo de la Comisión de Sociología.
Es indudable que ejercicios de una tal naturaleza serían tan eficaces
en el cultivo de los intelectos, como lo son los ejercicios gimnásticos
en la cultura física.
Tenemos la convicción de haber recordado algo provechoso. Por lo
menos, ahí expuesto queda lo que entendemos como dos complementos
de la agrupación específica, y sería altamente deplorable
que los anarquistas españoles continuaran siendo indiferentes a
la necesidad de bibliotecas con librerías heterogéneas de
carácter universal, y a la no menos necesidad de los centros culturales
con actividades como las que hemos esbozado. Verdaderas bibliotecas y
lo que nos vacilamos en considerar como Universidades obreras.
Es necesario entregarse al contraste, enfrentarse con la luz y ver a través
de ella.
XII. TEORÍA Y PRACTICA
El mundo no se conquista con palabras, sino con obras. No sabemos dónde,
hemos leído que Shakespeare ha dicho « Las palabras son hembras,
los actos son machos; sed machos vosotros, obrad siempre. Vale más
un error en acción que una verdad hablada ».
Hasta ahora, el Anarquismo no es más que un compendio de verdades
habladas, un valor moral e intelectual, pero sin trascendencia alguna
en el orden de las realidades o, mejor dicho, de las realizaciones positivas,
de las obras prácticas que dan tangibilidad, siquiera sea en principio,
a la sociedad futura. No basta hablar y hablar de la nueva sociedad, a
la cual aspiramos una minoría de hombres; es preciso probar con
hechos que la sociedad deseada por nosotros ni es una quimera o una utopía,
como pretenden los enemigos de la verdadera justicia social.
Felizmente, no es ya un hecho aislado el reproche a los anarquistas que
todo lo fían al hecho violento de la revolución, precisamente
a la fase menos importante de lo que habrá de ser la Revolución
Social. Históricamente, está probado que el hecho violento
o heroico de una evolución no es más que el corolario de
un proceso de evolución operada no sólo en la conciencia
colectiva, sino también por los nuevos conceptos sobre los valores
morales, jurídicos, políticos y sociales, e históricamente,
se demuestra que toda fuerza actora -la fuerza de las masas- en el hecho
heroico de una revolución ha ido siempre precedida y acompañada
luego por una fuerza creadora, cuya virtud prácticamente constructiva
se ha manifestado antes, en y después del hecho revolucionario
en su acepción violenta.
Se nos podrá objetar que el alarde dialéctico de la Enciclopedia
y el hambre del pueblo bastan en Francia para producir la Gran Revolución;
pero, a nuestra vez, podremos objetar que en Francia, después de
la Revolución, restan inconmovibles el Estado, el Derecho Romano
y la Burguesía, que equivalen a la desigualdad económico-social
e incluso a la misma hambre del pueblo, o poco menos, aunque investido
éste de determinados derechos ciudadanos, mucho más nominales
que efectivos. Y aun podríamos agregar que el pueblo francés,
que realiza una gran revolución para sacudirse el yugo ominoso
de la realeza y de la aristocracia de sangre azul, corona a nuevos emperadores
y crea una nueva aristocracia nobiliaria, más que por admiración
al genio militar y guerrero de Napoleón, por desconocer prácticamente
nuevas formas de convivencia político-económico-sociales
que le sirvieran de continuidad a su presente vida colectiva.
Por esas razones y otras mil que se podrían aducir, hemos llegado
a concluir que será estéril o casi estéril cualquier
hecho revolucionario que no descanse sobre una base prácticamente
material, es decir, si con anterioridad no existen los cimientos, estructurando
en principio el edificio económico-social que el hecho revolucionario
pretenda levantar definitivamente.
Una simple ojeada sobre el presente, nos dice que el Anarquismo
no ha salido del terreno puramente teórico, y aun podríamos
aventurar que, en cuanto a realizaciones prácticas -conformes estaríamos
con los simples ensayos- el Anarquismo está mucho más atrasado
que cualquier otra escuela política o filosófica.
Cierto que existen multitud de razones que explican perfectamente ese
atraso en el orden práctico, pero no lo es menos que entre las
dificultades de realización de esa obra práctica y la disposición
a vencer esas dificultades, hay una desproporción cargada sobre
el debe de esto último.
* * *
Espíritu contrario a todo principio ortodoxo, a nosotros nos
cupo la suerte de señalar a los anarquistas y sindicalistas revolucionarios
españoles la necesitad del retorno a la adopción del Cooperativismo.
Cierto que nuestra « audacia » nos atrajo las iras y las burlas
de buen número de camaradas, sin perjuicio de que, poco después,
sin temer a las burlas y a las iras de nadie, una Conferencia Nacional
Anarquista, celebrada en Valencia en julio de 1926, incluía en
su orden del día un tema sobre el Cooporativismo, de cuya discusión
resulta la facultad de los anarquistas a adoptar dicha rama orgánica,
como vía de ensayo.
No era necesaria esa facultad. Muchos anarquistas, por lo menos en Cataluña,
no como anarquistas, pero si como obreros, estaban ya enrolados en el
movimiento cooperatista catalán, cuya trascendencia sería
pueril negar. Por eso entendemos que la Conferencia de Valencia no advirtió
que deliberaba sobre hechos consumados, razón que la obligaba a
pronunciarse de un modo más abierto, sin apenas ninguna clase de
reservas, por el Cooperatismo.
Porque el Cooperatismo, dígase lo que se quiera, es un modo de
lucha contra el capitalismo, no sólo en su aspecto de resistencia,
sino también porque él será un instrumento precioso
durante e inmediatamente después del hecho heroico de la Revolución
Social. Ciertamente que no nos referimos al Cooperatismo actual, vaciado
completamente en los moldes socialistas estatales, de los cuales resulta
la exaltación de todos los egoísmos individuales y la castración
de la espiritualidad revolucionaria de las masas obreras.
Y ved por dónde se deduce un motivo más para pronunciarnos
abiertamente por el Cooperatismo; pues si los anarquistas no podemos impedir
que las masas trabajadoras, inducidas por lo que ellas estiman un sentido
práctico de la vida, vayan hacia él, hacia el Cooperatismo,
nosotros estamos obligados a intervenir en éste para evitar la
deformación espiritual e ideológica de las masas, cosa fatal
en sus perennes contactos con las preponderancias espirituales y tácticas
de los socialistas y socializantes.
Por lo demás, si alguna vez hemos entrado de lleno en el terreno
de las prácticas, la alternativa será: o crear un movimiento
cooperatista propio, o caer sobre el movimiento actual con el fin de imprimirle
la espiritualidad anarquista.
* * *
Puestos en el terreno de las concreciones, diremos creer que el éxito
de la Revolución Social descansará, en primer lugar, sobre
los tres factores siguientes:
a) Fuerza organizada para imponerse y defender la toma de posesión
de la tierra y de todos los medios y útiles de producción.
b) Preparación técnica para organizar la producción.
c) Preparación relativamente suficiente para la distribución
de la producción al consumo.
El primer factor será, en todo caso, una resultarte de las circunstancias,
esto es, de las culminaciones del proceso de la evolución; el segundo
será la consecuencia de lo que debe ser función técnico-profesional
del Sindicato, y el tercero, antes y en el momento del hecho revolucionario,
no lo podemos hallar más que en la cooperativa -y digamos que ésta,
como tal, habrá de desaparecer tan pronto las Comunas hayan creado
sus propios medios de abastecimiento y distribución al consumo.
Es preciso volver sobre los Comités de fábrica, taller y
demás. Hasta ahora, esos Comités han tenido un carácter
puramente administrativo, no pasaron de ser el nexo de relación
entre el Sindicato y sus componentes en el centro de producción.
Su función, sin embargo, es mucho más compleja y trascendental.
La misión objetiva de los Comités de fábrica, taller,
campo, mina, oficina, esto es, de todos los centros de producción,
transporte y cambio, consiste en ser una de las piezas fundamentales de
la máquina económica del Sindicalismo Revolucionario, misión
cuya efectividad ha de manifestarse suplantando a la técnica y
administración burguesas y, en su lugar, situarse los dichos Comités
en plan de organizadores y administradores de la producción, no
sólo en el aspecto de la producción simplemente, sino en
todos sus múltiples y correlativos aspectos de la economía
en general. No hay que decir que el éxito de esa misión
tiene su base en todo un sistema de relaciones previamente establecido
entre los sindicatos de las diferentes industrias y profesiones, y el
previo establecimiento de esa red de relaciones con carácter prerrevolucionario
ha de tener asiento sobre los principios de una doctrina social que sirva
de oriente y de impulsión realizadora al estallar la revolución.
Es preciso, en este caso, que los anarquistas comprendan que el compuesto
espiritual, material y directriz de esos Comités ha de merecer
una extraordinaria e intensa atención de las agrupaciones específicas
y procurar, sobre todo en los períodos de inminencia revolucionaria,
que esos Comités estén integrados por elementos suficientemente
capacitados para realizar el objeto revolucionario de los mismos.
Si se mide cuán grande es la responsabilidad de tales Comités,
se comprenderá que, además de su personalidad representativa
actual, ellos han de estar dotados de una capacidad técnico-profesional
suficiente para llenar su función revolucionaria, cosa que, a decir
verdad, ha sido completamente descuidada hasta ahora.
Si pudiéramos extendernos sobre el particular, diríamos
que una capacidad técnico-profesional no es ni siquiera elemental
si ella no descansa sobre una relativa familiaridad con una geografía
económica, representada por un diríamos mapa indicador de
las fuentes de primeras materias, de la producción y el consumo,
como asimismo de los índices del coste de las materias cargados
a la economía de la producción, elementos indispensables
para la comparación de la cuantía del coste de aquélla
con la cuantía del coste de la vida; en fin, la geografía
económica está representada por un problema de estadísticas,
tan despreciadas en su importancia orientadora en los densos medios anarquistas,
que hoy, en España, se reclaman directores de la CNT.
No obstante todo, con la atención debida a estas ligeras indicaciones
es como podemos ponernos prácticamente en condiciones de corresponder
al factor b, antes enunciado.
Es incuestionable que la Cooperativa es un medio de distribución,
medio práctico necesario a los anarquistas para dar a las masas
la sensación de que sabemos prever las necesidades de los primeros
momentos de un hecho revolucionario definitivo. Con los Comités
de fábrica, etc. debidamente capacitados, podemos dar una relativa
seguridad de que no dejamos al azar el hecho de reorganizar la producción,
mientras que, a la vez, aseguramos tener previsto de momento la forma
de distribuirla al consumo por medio de la Cooperativa. Pero ésta
no es un instrumento fácilmente manejable; requiere sus prácticas
económicas, una estrecha relación, no ya con los recovecos
comerciales, sino con la geografía económica, más
asimilable por la práctica que por la simple teoría.
Esto basta para indicar la forma de resolver el problema representado
por el factor c.
No dejemos pasar por alto que el Cooperatismo abarca otros aspectos, como
son las cooperativas de producción, de crédito y mutualidad.
Las primeras, que cada día se extienden más, podrían
ser un poderoso auxiliar en cuanto a la capacitación técnico-profesional
de los Comités de fábricas y demás, mientras las
de crédito podrían facilitarlo para el fomento de las de
producción, en tanto que la práctica de la mutualidad, de
hecho, sería la verificación del apoyo mutuo, que informará
a la cosa de solidaridad en la cual tomará asiento la sociedad
libertaria.
Entendemos que los anarquistas, en la medida de lo posible, debemos crear
nuestro mundo propio en las entrañas mismas del mundo capitalista,
pero no sobre el papel y con lirismos y elucubraciones filosóficas,
sino además, sobre el terreno, prácticamente, despertando
la verdadera confianza en nuestro mundo de hoy y de mañana.
Porque la confianza que despertemos en las masas proletarias, estará
en relación directa con las posibilidades de crear una fuerza organizada
para imponernos y defender la toma de posesión de la tierra y de
todos los medios, y útiles de producción, consumo, transporte
y cambio.
XIII. LOS ANARQUISTAS Y EL CONCEPTO DE LA ORGANIZACIÓN
Es evidente que nuestra concepción del anarquismo aleja a éste
de su tradicional aristocratismo individualista, para hacerlo caer del
lado del colectivismo. Precisa ahora una aclaración que concrete
nuestros pensamientos.
Al hablar de colectivismo, alguien podría interpretarlo como antítesis
o como relativa oposición al comunismo libertario, y no se trata
de eso, Hablamos del colectivismo como medio inmediato, no como fin económico
de la sociedad futura; del colectivismo igual a organización, a
articulación de iniciativas y de fuerzas, en fin, de disciplina
de lo particular a lo general.
Según Carlos Malato, y según nosotros, para triunfar es
necesaria la agrupación, o sea, la colectividad, como único
medio de fuerza y de disciplina moral. Genéricamente hablando,
hasta ahora, esto ha producido aspavientos de los anarquistas, y es que,
a despecho de las realidades, que lo vienen proclamando con evidencia
extraordinaria, no se han fijados éstos en que ese individualismo,
característica de los medios libertarios, es esterilidad, y en
que la verdadera fuerza y las posibilidades todas de realización
están en la organización.
Es creencia general que la organización y sus prácticas
son contrarias a las esencias del federalismo y de la libertad individual,
y en este caso se confunde lo relativo con lo absoluto y se confunde,
sobre todo, el presente con el futuro, cuya sociedad libertaria, una vez
consolidada en la conciencia de los pueblos, no habrá menester
para desenvolverse de la fuerza de que hoy precisa para triunfar sobre
la sociedad capitalista.
Llegamos, pues, a la conclusión de que nuestras concepciones responden
a una realidad histórica.
Mientras el capitalismo va concentrándose como clase y como fuerza
económica; mientras el Estado va dibujándose cada día
más con tonos más destacados hacia el sistema corporativo,
que es una figura de organización, pero también de sumisión
al capitalismo, el Anarquismo continúa, como cuestión
de principio, con su disgregación, con su repulsión a todo
lo orgánico, articulado y disciplinado colectivamente, única
fuente de fuerza creadora de posibilidades y de realizaciones prácticas.
Por consiguiente, es preciso declarar que la tendencia anarquista -que
no deja en absoluto de ser un prejuicio- de ir contra la corriente de
las evoluciones colectivas, no deja ver que, precisamente, el Anarquismo
va siendo arrollado por esa misma corriente, como tampoco deja comprender
que a una organización hay que oponer otra organización,
una organización sistemática capaz de producir fuerza suficiente
para contener la preponderancia de enemigos y adversarios y triunfar sobre
ellos.
Y no se trata de que con esa organización propiciada se produzca
solamente fuerza de contención, sino también formas orgánicas
que hagan tangible a la sociedad libertaria.
* * *
Ya en otra parte hemos consignado la conveniencia y la necesidad
de que el Anarquismo militante se oriente hacia las realizaciones prácticamente
constructivas, y consignamos ahora que ello será punto menos que
imposible en tanto aquél no sea más que un valor dialéctico
y su expresión orgánica no sea algo más que ese algo
representado por los grupos anarquistas, cuya falta de formal interdependencia
para la iniciativa, el acuerdo y la acción, les resta posibilidades
de pujanza moral y material y, por consiguiente, de eficiencia representada
de un valor positivo, determinante del proceso político social
de los pueblos.
El panorama del Anarquismo internacional nos dice que, en estas
angustiosas horas que reclaman el abandono de actuaciones pretéritas
y mucha unidad para supervivir, los grupos anarquistas no son más
que selecciones individuales, -generalmente no son tales selecciones-
sin más objetivos que el verbalismo extravagante y las hostilizaciones
personalistas de un grupo a otro.
Es éste un inciso que no debíamos dejarlo sin consignar.
* * *
La creación de buenas bibliotecas y de Centros de cultura para
el eficaz estudio de los problemas políticos, morales, científicos,
económicos y sociales, necesita de organizaciones que la patrocinen.
Conviene que el espíritu libertario presida la organización
de esas bibliotecas y de esos centros de cultura. Dado el general concepto
de la organización, ¿podemos los anarquistas afrontar tal
empresa cultural y de formación de extensa conciencia libertaria?
Sabemos que en el niño la enseñanza es una cuestión
fundamental, un verdadero problema social. ¿Cuál es, en
este aspecto, la obra colectiva de los anarquistas? ¿Qué
podremos hacer los anarquistas respecto al problema, en tanto la generalidad
no rechace sus prejuicios acerca de la organización?
Condenamos, porque es saludable y porque debemos hacerlo, el parlamentarismo
y las especulaciones minimalistas y la colaboración de clases de
los partidos socialistas, y a este respecto debemos preguntarnos qué
hacemos los anarquistas para hacer innecesario y evitar ese chalaneo de
los « redentores » profesionales del socialismo, con minúscula.
¿Dónde y cuándo los anarquistas, en y con los propios
medios, hemos realizado intensas campañas, afrontando plenamente
los problemas permanentes, y los que a diario se plantean en el estadio
de las luchas, y los que laten en las entrañas de la sociedad capitalista,
todos aquellos problemas para cuya solución (?) las masas proletarias
se dejan encantar por los cantos de sirena de los políticos profesionales?...
El proletariado no debe fiar su propia justicia al parlamentarismo, ni
a las especulaciones de los «redentores» ni a la colaboración
de clases; pero el proletariado tiene derecho a saber a qué debe
fiar su propia justicia, y no sólo a saberlo, sino a obtener garantías
sobre sus intereses inmediatos y sobre la factibilidad, más o menos
mediata, pero positiva, de la sociedad futura. Un mínimum de esas
garantías las obtiene el proletariado mediante el Sindicalismo.
Pero el Sindicalismo no es el Anarquismo. Para que el proletariado pueda
obtener un máximum relativo de garantías, además
de su proyección espiritual sobre el Sindicalismo, es necesario
que el Anarquismo desarrolle una acción paralela a la de aquél,
pero una acción pública que sea norte y guía del
proletariado en todos los problemas, no sólo en aquellos que le
son propios, sino también en todos los problemas colectivos, de
orden general, de cuya solución dependen el estacionamiento o el
avance del proceso de evolución de los pueblos en el orden político-social.
En tanto que materialistas, no se debe caer en la grosería de creer
que solamente de pan viven los pueblos. Viven también de justicia,
del alimento espiritual que brinda la cultura, y viven asimismo de la
conciencia de su propio valor social y de que es un factor decisivo e
ineludible en el empuje de la evolución transformadora de las bases
de la sociedad capitalista. Contrariamente a esa creencia, el Anarquismo
militante debe fomentar la de que, si el pan es la primera base de subsistencia
del individuo, a éste le es igualmente indispensable la cultura,
oponerse directamente, sin representantes ni delegaciones, a todas las
ramas de la administración del Estado, de la Diputación
y el Municipio, como camino más práctico y recto para llegar
a la verdadera justicia y a la única libertad. No importa que el
fomento de esa creencia sea propósito o uno de los propósitos
del Sindicalismo Revolucionario. Mas importa saber que éste no
logrará su objeto, o lo logrará con muy duras penas, si
no es impulsado por el Anarquismo militante; y si él ha de brindar
esa impulsión, forzoso le será saltar por sobre de sus prejuicios
tácticos y salir de las penumbras para bañarse en los rayos
solares de la acción pública.
¿Le es posible al Anarquismo realizar esa acción pública
orientadora, de dirección espiritual sobre las masas, habida cuenta
del tradicional preconcepto sobre la organización? No, no le es
posible.
Para que pueda serlo, para que la acción a desarrollar tenga la
intensidad necesaria, hacen falta medios de preparación cultural,
señalados precedentemente, y faltan los Centros desde donde irradiar
la luz que el estado de las masas y de determinados sectores reclama.
Es evidente que la posibilidad de estos medios sólo se consigue
con una organización que coordine las iniciativas y que aúne
las voluntades para una estable y constante contribución económica,
parte de la cual, sin duda alguna, sería aportada por las organizaciones
sindicales y cooperatistas, en el caso de que las últimas fueran
adoptadas decididamente por el valor intrínseco que representan,
por lo menos en el aspecto de las posibilidades económicas.
* * *
La razón que se opone a esas realizaciones es la repugnancia
por la organización en cuanto a lo que ella tiene de legalismo
y de supuesta coerción a la libertad individual.
Sin embargo -he ahí lo que resulta contradictorio-, esa repugnancia
por la organización no se opone a la existencia de la FAI integrada
por Federaciones y Comités de Relaciones regionales, comarcales
y locales de grupos anarquistas, lo que ya en sí significa la existencia
de hecho de una organización de más o menos analogía
a los demás sistemas de organización.
Se nos dirá que la organización anarquista señalada
no tiene impuestas disciplinas ni se rige por estatutos ni reglamentos.
Pero a nuestra vez diremos que ella celebra reuniones, plenos y Conferencias
nacionales, de las cuales se levantan actas, que en todas las organizaciones
tienen un valor más efectivo que los reglamentos y estatutos. Si
se arguye que esas actas no tienen fuerza de obligar, con todo y condensar
acuerdos libremente adoptados, téngase entendido que con ello se
denuncia una falta de disciplina moral y la falta de eficacia y de positivismo
del movimiento anarquista, que de ello venimos hablando, precisamente.
A parte de que las votaciones por aclamación las más
de las veces entrañan una injusticia, estamos conformes
en que se huya de las votaciones por sufragio, ya que en ellas, aun siendo
una forma en que el individuo se expresa libremente, la preponderancia
de las mayorías sobre las minorías es un atentado al derecho
individual. Mas si huimos de la votación por sufragio, en cierta
forma caemos en una contradicción al apelar al referéndum,
por cuanto éste no es más que una votación y por
sufragio, de la cual no se deduce otro resultado que la existencia de
las mayorías frente a las minorías. Nos hallamos, pues,
dentro de un círculo, del que no se puede salir con otros argumentos
que los argüidos con respecto a las actas.
El problema tiene alguno que otro aspecto más.
XIV. LOS ANARQUISTAS Y EL CONCEPTO DE LO ESPONTÁNEO
Si en cuanto al concepto de la organización se constata que los
hechos, la realidad de las actuaciones, no se compadecen con los propósitos
que se dice perseguir, en el orden de las posibilidades económicas,
por lo que se refiere a hacerse con ellas, vemos que el resultado es totalmente
negativo.
La misión político-social del Anarquismo militante no ha
debido consistir nunca en tomar una expresión exclusiva de club
carbonario, o de cenáculo de Catones, o de peñas de demoliciones
negativas. Si algo de estas formas de expresión es inevitable,
porque, después de todos, los anarquistas no estamos libres de
las debilidades humanas, el defecto hallaría su compensación
no olvidando tan lamentablemente que la misión del Anarquismo militante
está en la instrucción y en la cultura general, en la espiritualización
del proletariado por medio de la educación, no operando solamente
sobre su corazón, sino despertando su sensibilidad emotiva elevándolo
a la conciencia plena de la sociología, de la economía,
de la política, del arte...
Dejar que el niño empañe su cerebro y su alma con las imágenes
falsas servidas sistemáticamente por la escuela confesional y burguesa,
es perder una máxima parte de las posibilidades de superación
moral e intelectual del individuo. Evitar que el niño pase a la
adolescencia llena de prejuicios, predispuesto a las resignaciones, mirando
a la organización social capitalista-estatal como una fatalidad
divina o humana, es el gran esfuerzo a realizar por los anarquistas. Esto
en cuanto a la instrucción; en cuanto a la cultura, la formación
intelectual del adulto, su determinación espiritual, es otro gran
esfuerzo reclamado a los anarquistas. Después de la escuela, el
complemento cultural, lo que ha de ser la Universidad proletaria. Escuela
e institución cultural. Más concretamente: escuelas racionalistas
y centros de cultura racional. Y las escuelas y las instituciones culturales
descansan siempre sobre una base económica, aparte de en la iniciativa
y en el buen sentido.
No es posible que el Anarquismo militante contemporáneo cuente
jamás con una base económica sobre que asentar una obra
pedagógica y cultural. Propiamente, jamás tuvo base económica
para realizaciones revolucionarias en su acepción vulgar, que es
su objetivo casi único y perenne. Mucho menos la tendrá
para atender al descuidado tema de la enseñanza y la cultura. No
la tendrá, porque el Anarquismo militante lo espera todo del azar,
de la generación espontánea, del producto de la voluntad
individual, en vez de someterse a la realidad cuando ella dice que sin
convenciones y sin una disciplina moral garante del respeto y cumplimiento
hacia aquéllas, no es posible la realización de obra práctica
alguna.
Hablar en los medios anarquistas de la estipulación de cuotas o
de aportaciones económicas fijas y uniformes, es producirse en
sentido antilibertario, según se dice. La voluntad del individuo,
se repite, ha de ser en todo caso, libre y espontánea. Si en las
colectividades humanas reza siempre el « en la guerra como en la
guerra y en la paz como en la paz », en los medios anarquistas,
por el contrario, reza el « en la paz como en la guerra ».
Hay más. El individuo que siente el íntimo placer de sacrificarse
por la causa, y a ella aporta el máximo esfuerzo económico,
nada dice al individuo que siente ese placer más superficialmente.
Nada le dice, porque, siendo voluntarios los deberes, la desigualdad en
la práctica de los mismos, cosa muy corriente, para nada lesiona
la igualdad en los derechos.
En la paz -léase en pleno goce de la sociedad libertaria-, incuestionablemente,
ello está casi de acuerdo con el principio « de cada uno
según sus fuerzas, a cada uno según sus necesidades »;
pero en plena guerra, cuando el capitalismo y el Estado se defienden con
obras prácticas, contra las cuales se estrella el proletariado,
resulta paradojal, casi irrisorio, no establecer como principio la igualdad
de deberes y derechos, el esfuerzo común, cuya realización,
sin duda alguna, después de dar frutos muy eficaces, a nadie exigiría
sacrificios desproporcionados a sus posibilidades.
Pero no hay que quebrantar el principio, el mito de lo espontáneo,
de la libertad individual. Sin embargo, para no perder la propensión
a lo paradójico, el mismo individuo que en los medios anarquistas
estima un atentado a su libertad individual el hecho de serle asignado
el pago de una cuota determinada con relativa permanencia, la paga en
el Sindicato en la medida que éste lo dispone, y la paga en otras
agrupaciones colectivas, sin que en ello vea aquel atentado a su libertad.
Y es que ese individuo, en el Sindicato, considera lógica la imposición
de una cuota, y aun de cuotas extraordinarias, ya que sin esa imposición
los deberes de la solidaridad, de la propaganda y de la cooperación
en los esfuerzos por la emancipación del proletariado, no pasarían
de la categoría de loables propósitos. Pero ese mismo individuo
no comprende en los medios anarquistas que la imposición, mejor
dicho, que la convención mutua estipulando una cuota fija y uniforme
posibilita de un modo eficaz la alta misión que en el Anarquismo
es ineludible, ya que él no es mera literatura ni es simple club
carbonario ni cenáculo de Catones ni pena de demoliciones negativas,
sino, apostolado de transformaciones político-sociales.
Si él quiere responder a un sentido de eficacia positiva, el movimiento
anarquista ha de ser vertebrado orgánicamente, sus funciones deben
ser articuladas sobre bases fijas y relativamente permanentes, estableciendo
para todas sus actividades colectivas una disciplina moral que determine
concretamente la reciprocidad que necesariamente debe existir entre el
individuo y la colectividad. La colectividad para el individuo, y en este
caso, lógica y racionalmente, el individuo debe obligarse en todo
y para todo al cumplimiento de sus deberes para con la colectividad.
Seguir con la vieja creencia en lo espontáneo, en esa reminiscencia
cristiana de la aportación voluntaria, será continuar debatiéndose
en la esterilidad, en la impotencia, en las prácticas negativas,
y será continuar mirando melancólicamente el paso del enemigo
triunfante.
XV. MISIÓN UNIVERSAL DE LOS ANARQUISTAS
La misión universal de los anarquistas no consiste en una cuestión
dialéctica, más o menos líricas, de crítica
exclusivamente demoledora ni consiste tampoco en un vegetar emulando a
los topos. Su misión es una cuestión de estudio y de hechos,
de cultura y acción, en cuya tarea entran por igual la fuerza demoledora,
la fuerza constructiva y el genio creador que lentamente, con fe más
creciente cada vez, va levantando el edificio social futuro sobre los
cimientos ruinosos de la sociedad capitalista.
La actual estructura orgánica del Anarquismo militante,
la forma de desarrollar éste sus actividades en nuestros días,
no destruye nada y construye muchísimo menos. Le sobra de palabras
lo que le falta de comprensión y de obras positivas. Le falta tanta
autoridad moral e intelectual como le sobra afán de predominio,
de absorción, de audacia imperativa.
Salvando las honrosas individualidades que se desenvuelven al margen del
Anarquismo militante, es hora de decir que éste, colectivamente
considerado, «está por hacer», mejor dicho, que los
anarquistas «están por hacer». El anarquista consciente,
dinámico, capaz de coadyuvar eficazmente a la transformación
de la sociedad, no «se hace» en el grupo donde la unilateralidad,
la falta de control y de contraste reinan de un modo absoluto. No vamos
contra el grupo, pues que él sirve para iniciar al individuo.
Buscamos el complemento, el control, la bilateralidad del contraste, que
suelen dar una medida exacta a las ideas y a las cosas, y es lo que en
todo eso hace al individuo consciente de sus ideas y aspiraciones. Buscamos
el retorno al Centro de Estudios Políticos, Económicos y
Sociales.
El Anarquismo no es una doctrina de clase. Es una doctrina de
manumisión universal y humana. Al grupo no van hoy más
que los proletarios manuales, los que, a lo sumo, tienen un autodidáctico
y muy a menudo equivocado concepto de la vida, perdido siempre en un dédalo
de dudas e incertidumbres; por el contrario, el Centro de Estudios Políticos,
Económicos y Sociales es lugar donde, además de los trabajadores
manuales, acuden siempre el profesor, el médico, el químico,
el escritor, el artista, esto es, las representaciones de las ciencias,
la literatura y las artes, las cuales, si por el valor positivo que en
sí incluyen tienen el don de la contención, tienen también
el don de la irradiación y una fuerza dinámica aleccionadoras,
intelectualmente constructivas, que es lo que los anarquistas necesitamos
para llegar al grado de consciencia de nuestra misión y para ser
algo más que los propulsores de una aspiración ideal de
remota realización futura.
Los trabajadores de las profesiones liberales no van al Sindicato porque
ellos no están sometidos a la rígida ley del salario. Pero
sí lo están a las injustas leyes económicas de la
sociedad capitalista, de ellas son víctimas, por ellas sienten
fuertes sacudidas espirituales y la necesidad de protestar y de sacudirse
el yugo de un sistema social que trata a la majestad de la inteligencia,
cuando ella no se somete a las rutinas y a los convencionalismos, con
el mismo menosprecio que al esfuerzo muscular. El Anarquismo militante
ha de ofrecer lugar de acogimiento a esos trabajadores intelectuales descontentos
del sistema social presente, y debe hacerlo, no brindándole como
una protección, sino reconociéndoles su propio valor, llamándolos
como mentores de los que tienen o tenemos muchísimo que aprender,
pero a los cuales nosotros, aun reconociéndonos inferiores, debemos
estar siempre prestos a discutir.
El lugar de acogimiento adecuado son los Centros de cultura, esto es,
el Centro de Estudios Políticos, Económicos y Sociales.
En él, los trabajadores intelectuales deben constituir el profesorado,
sin otra autoridad que la derivada de la propia valía moral e intelectual,
mientras los manuales deben ser los alumnos, pero alumnos intransigentes
con la duda, dispuestos a la controversia con los profesores, alumnos
afanosos de entrar en el fondo de cada una de las ramas de las ciencias
y del saber humano.
De eso hemos hablado ya anteriormente, y sólo nos resta precisar
con algún ejemplo.
Por la común, el atraso intelectual del Anarquismo militante se
evidencia, por ejemplo, en la confusión de los términos
«marxismo» y «marxista». Se habla con
ironía y con harto menosprecio del marxismo, y el gesto en sí
no prueba otra cosa que el profundo desconocimiento de la importancia
y trascendencia de la escuela económica del filósofo alemán.
Es tan aguda la crítica que Marx ha hecho de la sociedad capitalista;
es tan fundamental su concepción del proceso del materialismo histórico,
que, al ser ésta erigida a sistema, el mismo Bakunin, enemigo mortal
de Marx, tuvo que reconocer y aplaudir la obra de éste como economista
y filósofo.
Ciertamente que la ironía y el menosprecio por el marxismo descansan
sobre el desconocimiento o la incomprensión de la obra escrita
de Marx; y, sea desconocimiento o sea incomprensión, esto nos prueba
la unilateralidad intelectual de la generalidad de los anarquistas. Porque
son muchos los que por pereza desconocen esa obra, en la que Carlos Marx
aparece con su triple personalidad de político, filósofo
y economista, y es bajo cada una de esas tres facetas, a cual más
destacada, que se debe juzgar la personalidad del rival de Bakunin. Los
anarquistas discreparemos en absoluto del Marx político, no estaremos
muchas veces conformes con la filosofía marxista; pero es tan real
y evidente la concepción del proceso del materialismo histórico,
del que el autor de El Capital hizo un Sistema, que por fuerza hemos de
rendirnos a la evidencia y reconocer al genial economista.
¿Y por qué no decir algo más de lo que pensamos?
Creemos estar seguros de que un gran contingente de anarquistas desconoce
El Capital, la obra cumbre de Marx, y creemos, además, estar seguros
de que la mayoría de ese contingente cambiaría radicalmente
su fobia por una admiración sincera a la obra del economista Marx,
si esa mayoría venciera su pereza o su prejuicio y estudiara y
se asimilara las grandes enseñanzas que se desprenden de los XXIX
capítulos de El Capital.
Nosotros hemos tenido ocasión de constatar en muchos anarquistas
cómo confunden lamentablemente el dinero con el capital, y hemos
comprobado que otros, conocedores de que el capital no es precisamente
dinero, sino trabajo acumulado, no sabían explicar satisfactoriamente
qué es trabajo acumulado y qué supervalía en sus
diversos aspectos, como tampoco han explicado, ni siquiera elementalmente,
cómo se verifica el proceso de la acumulación capitalista.
Y sin embargo, todo eso y mucho más que se halla en El Capital,
son materias cuyo conocimiento es elemental para los que se reclaman militantes
en la magna lucha económico-político-social. Y como no todos
los elementos de economía hay que ir a buscarlos en la obra económica
de Marx, la investigación de esa materia, que constituye el problema
matriz de la sociedad humana, lleva indefectiblemente al conocimiento
de que otros hombres anteriores a Marx hablaron a Europa y a América
de todos los fenómenos de la Economía y de la relación
de ésta con todos los problemas individuales y colectivos de la
sociedad capitalista y de todos los sistemas sociales por haber, sin hablar
de los habidos; y se llega a la conclusión, no desmentida por el
propio Marx, de que a éste no le corresponde más gloria
que el haber recogido todos esos fenómenos de la Economía,
relacionarlos científicamente entre sí y hacer de todo ello
una doctrina económica tan precisa como admirable.
Pero insistamos sobre el falso concepto que se tiene del marxismo.
Veamos lo que ocurre en las Universidades burguesas -por ahora no hay
otras-. En los programas de las asignaturas de Economía Política,
que sepamos, no se excluye el estudio del marxismo, y ello nos prueba
dos cosas: que el marxismo es un valor básico como escuela económica
y que el estudio del marxismo no obliga en manera alguna a profesarlo
como ideario político-social. Nos hallamos, pues, con que la burguesía,
consciente del deber de documentarse, estudia el marxismo, sin que a nadie
pueda ocurrírsele que ella deviene marxista; lo contrario de lo
que ocurre entre los anarquistas, generalmente considerados, pues éstos
le lanzan el adjetivo de «marxista» como el peor de los insultos
al que se atreve a valorizar justamente al marxismo como escuela económica,
mejor dicho, como doctrina económica.
El libre examen, la búsqueda del pro y el contra para formar el
contraste de valores, la cultura bilateral, nada de eso importa. Enemigos
doctrinarios de Marx, nada ha de importarnos la doctrina de éste.
«Desconocerla es un deber», parece que dicen algunos anarquistas.
Y menos mal si el círculo de hierro se levantara sólo para
la obra de Marx -hemos hablado de éste tomándolo como ejemplo-.
Si se exceptúa a los literatos, el círculo se levanta contra
todos los filósofos, sociólogos y economistas de enfrente.
Así yace nuestro movimiento sin nervio, de espaldas a las realidades,
avanzando y retornando a su punto de partida, sin trascendencia en el
mundo de las realizaciones positivas.
* * *
El centro de Estudios Políticos, Económicos y Sociales,
por otra parte, puede y debe ser la base de organización del Anarquismo
militante. Una institución cultural de esta naturaleza en Barcelona,
por ejemplo, en la cual se acogiera a los trabajadores intelectuales de
espíritu inquieto y por cuya tribuna desfilaran las notabilidades
del saber humano, muy pronto formaría pléyades de jóvenes
capacitados para enfrentarse con los más destacados problemas de
la vida colectiva. La bondad de sus resultados podría traducirse
en la constitución de nuevas instituciones análogas en otras
barriadas y en otras ciudades y poblaciones de la provincia, de lo cual
podría resultar asimismo la Federación provincial de Centros
de Cultura, cuya misión podría consistir en el intercambio
de valores o en el concierto para la organización de las actividades
culturales, como también en dar unidad a las iniciativas y al movimiento
cultural.
El ejemplo motivaría, sin duda alguna, el que el resto de la región,
y aun las demás regiones de España, siguieran el mismo camino,
con lo que se conseguiría haber dado una forma positiva a la organización
y al movimiento del Anarquismo.
Las posibilidades económicas de los Centros de cultura, reforzadas
con las aportaciones y la colaboración de las organizaciones sindicales
y cooperatistas, indudablemente podrían ser la base para la creación
y sostenimiento de buen número de escuelas racionalistas, y del
éxito de nuestros esfuerzos individuales y colectivos dependería
la posibilidad de crear y sostener asimismo escuelas técnico-profesionales.
Un movimiento así articulado pondría a nuestro alcance los
resultados siguientes:
a) La escuela primaria, con la que libraríamos a los hijos del
proletariado de los perniciosos efectos morales y espirituales de la escuela
confesional y burguesa.
b) La enseñanza superior, de la que nos vemos privados los trabajadores
a causa de las propias condiciones de existencia, hijas de un propósito
sistemático de la sociedad capitalista.
c) Acceso a los conocimientos técnico-profesionales desde el punto
de vista científico, lo que, en plazo breve, pondría a la
clase obrera sobre el dominio de los diversos factores relativos a la
industria y la agricultura, en tanto que, asimismo, lo pondría
en condiciones de organizar y dirigir técnicamente el mundo de
la producción; y
d) La personalidad colectiva del Anarquismo militante y, lo que es más,
la expresión de esta personalidad por una generación de
jóvenes cultos, altamente capacitados para pesar con su valía
moral e intelectual sobre los problemas del presente y para acelerar el
proceso de la revolución político-social de España,
por no hablar más que del país en que vivimos.
* * *
Colocados sobre esta base, el movimiento del Anarquismo militante retornaría
al esplendor teórico del pretérito, se revalorizaría
con las aportaciones experimentales del presente, llegaría a la
comprensión de que no hay problema del que él deba estar
ausente, la comprensión de estos mismos problemas lo pondría
en el deber de obrar permanentemente sobre ellos y estaría, en
fin, en condiciones de ser el cerebro y la dínamo de la consciencia
colectiva del proletariado.
El Anarquismo militante no sería todo sentimiento, más sensiblería
qué sentimiento. Sería todo doctrina comprendida, dominio
de las realidades históricas y acción articulada y consciente.
EPÍLOGO
Cuando un grupo de amigos y camaradas me confió la para mi honrosa
tarea de dirigir ¡Despertad!, pensé que la hoja que iba a
dedicarse a levantar en lo posible el espíritu del proletariado,
había de hacerlo llenando sus columnas de enseñanzas que
dejasen una huella, lo más profunda posible, en ese surco que vamos
abriendo los peregrinos de un ideal de bondad y justicia.
Creía yo que la fiebre de entusiasmo del sindicalismo había
traído hacia nuestro campo una muchedumbre de jóvenes que
estaban solamente alimentados por las frases gruesas que se recogen en
los mítines, y que de nada valen sí luego los individuos
no tratan de buscar la razón de estas frases en los libros que
legaron a la humanidad toda la pléyade de pensadores que registra
la historia de las artes, de la ciencia y de la sociología. Y,
al creerlo así, había puesto mi empeño en hacer de
«¡Despertad!» la hoja ecuánime que, al sembrar,
lo hiciese en condiciones de ir moldeando estas inteligencias venidas
a nosotros en momentos de batalla, de ruda y sangrienta lucha en que sólo
el corazón y la vehemencia están en juego para vencer. iY
no vencimos! Fuimos vencidos y lo seremos siempre que no procuremos dar
una conciencia y capacidad al proletariado que le haga ver que la verdadera
fuerza, el verdadero impulso que hace que el mundo no se estanque, reside
en sí mismo.
De acuerdo con este pensamiento escribía a los camaradas que sabía
que podían hablar algo en sentido constructivo. Continuamente les
decía : « Hay que hablar de ideas, volver al A, B, C del
sindicalismo, para evitar caer en ese sindicalismo neutro, sin alma, sin
fluido ideológico que puede arrastrar a los trabajadores de la
CNT a posiciones colaboracionistas que anulen la fuerza libertaria de
España». Y esto que escribía a los demás, lo
hacía con especial interés al amigo y camarada Peiró.
Y Peiró, a quien después personalmente hablé de ello,
se mostró de acuerdo con este pensamiento y corroboró la
necesidad de crear esta mentalidad de que carecía la Confederación
Nacional del Trabajo, dado la forma en que se operaba la evolución
del capitalismo, afianzándose más con las nuevas modalidades,
como son: racionalización, trust y cártels.
Este es el origen de los quince artículos recopilados en este folleto.
Si «¡Despertad!» se hubiera limitado sólo a ello
,durante el período de su vida, para mí sería lo
suficiente, quedaría satisfecho mi afán, ya que estos quince
artículos serán una obra imperecedera que abarcará
una época en la historia del sindicalismo: la época en que
este trozo de alma del anarquismo precisa estructurarse nuevamente para
ponerse a tono, para ponerse en condiciones de suplir el régimen
capitalista y organizar la vida sin más ley que la necesidad de
regular la producción y el consumo, en el momento que un hecho
revolucionario desplace a las fuerzas opresoras que impiden que el hombre
sea libre en ambos órdenes: moral y material.
Y llegamos con ello a lo interesante a la parte constructiva del Sindicalismo.
Se niega por algunos este valor al Sindicalismo, preténdese darle
a posteriori un valor puramente negativo. Para mí, ello consiste
en el mayor error para el proletariado. Lo ha consistido antes y lo consistiría
ahora con más fuerza, dada la evolución que se va operando
en el régimen capitalista. No se destruye todo con la facilidad
que se cree. Las raíces de la sociedad opresora son más
fuertes que nuestras ilusiones y, aun no siéndolo así, con
las ilusiones se precisa un plan, un método, una articulación,
una fuerza que sea más que fuerza ciega, que sea el trabajo organizado
lo más científicamente posible por los mismos que trabajan.
Así nos será fácil deducir que la muerte del capitalismo
será segura, y que de sus cenizas saldrá la sociedad libertaria
que engendra en sus entrañas el Sindicalismo de que habla el camarada
Peiró en sus magníficos quince artículos recopilados.
Sin remontarnos a más años atrás, la posguerra ha
traído dos revoluciones de las de más importancia que registra
la historia. La muerte de los dos imperios más sólidos que
se conocían, el aniquilamiento de toda esa serie de privilegios
de raza y de casta tan odiosos, tan contra natura, tan contra derecho,
y contra el principio de igualdad que fluye de todo en la vida: la muerte
del imperialismo alemán y del imperialismo ruso, nos enseña,
nos da un toque de atención a la preparación, al alistamiento,
por si la historia se repite, que se repetirá, no hay duda, para
que al producirse nuevos hechos revolucionarios las consecuencias no sean
las mismas; quiere decir que, al modelar el nuevo régimen de convivencia,
no sea dejado paso franco a una república burguesa, opresora, militarista
como la alemana, o una dictadura sangrienta, cruel, opresora y el mayor
escarnio para las libertades como lo es la rusa. í No ¡ No;
los trabajadores, los sindicalistas y los anarquistas están en
el deber de evitar estos trastornos a la humanidad doliente, de contribuir,
siempre de acuerdo con nuestros propios medios, a que la felicidad, aun
siendo relativa, no sea un sueño, que sea una encarnación
real en la vida de los hombres, en esta vida llena de sufrimientos, de
lágrimas, de muerte.
Ya sé que la transformación no se produce por arte de magia,
que los hombres no cambian radicalmente su parte psíquica, que
toda esa legión de seres con alma de esclavos, esa legión
que diariamente grita : ¡ Vivan las caenas !, precisa una serie
de años para adaptarse a un medio de vida libre, como precisa adaptarse
a la luz el que llevó muchos años prisionero. Por eso mismo
concibo la evolución de una sociedad a otra sociedad por medio
de una organización perfecta, que es el Sindicalismo, libertario,
muy libertario, que no permita la entronización de una dictadura
ni de otro régimen que proclame más ley que la ley de la
existencia, cuya ley, indiscutiblemente, crea derechos y deberes, señala
que el que quiera atender a su subsistencia ha de contribuir con su esfuerzo
a sacar de las entrañas de la tierra lo preciso para alimento de
la especie.
Decía antes que de las revoluciones últimas estamos en el
deber de sacar algún provecho. En efecto, la historia ha de repetirse.
Ayer fue Alemania y Rusia, como antes lo fue Inglaterra y Francia; mañana
puede ser Italia, otra vez la Francia inmortal del 93, Portugal o España.
La situación de Europa entera no ofrece más perspectiva
que esta: o el hundimiento por inanición o la salvación
por la revolución. La guerra, tras la estela de muerte y de destrucción,
dejó esta herencia al capitalismo: millones de parados, millones
de hambrientos, millones de niños sin abrigo, sin alimento. Unos
mercados sin concurrencia a causa de una burguesía atrofiada que
sólo quiere hacer trabajar sus fábricas cuando el rendimiento
es superabundante. Y esta falta de mercado, esta carencia de medios para
dejar los productos, aparejado a la crisis económica interna, traerá,
fatalmente, una nueva guerra que haga salir a flote los nuevos apetitos,
las nuevas ansias de extensión geográfica y la nueva conquista
de mercados. Y lo malo no es la guerra, es que no se podrá evitar,
que no se querrá evitar. Esa gente sin trabajo y sin conciencia,
ya que nada hay que anule tanto en el hombre el sentimiento de responsabilidad
como la miseria, en vez de enrolarse en el ejército de la revolución
se enrolará en el ejército del capitalismo para vender su
cuerpo y su espíritu por treinta doblones, formando en esas legiones
extranjeras que son la vanguardia de toda guerra moderna. Unid a esto
lo que progresa, y lo que se hace porque progrese el orgullo de las nacionalidades,
y tendréis una perspectiva bastante dolorosa, un porvenir lleno
de sombras para los que, por encima de todo, amamos la libertad.
Pero de la guerra vendrá la revolución. Exacto. ¿Es
algo atrevida la afirmación? Pase. Vivimos tiempos de afirmaciones
rotundas, afirmaciones que tienen su base en los hechos conocidos, que
es lo que constituye lo que hasta ahora conocemos con el nombre de Verdad.
Vendrá, pues, la revolución. Pero, qué vendrá
después de la revolución? Una dictadura proletaria, con
su disciplina de cuartel, con su Tcheca, con sus esbirros, con sus prisiones,
con su burocracia, con su cambio de nombre solamente? ¿Una dictadura
burguesa con ribetes de socialista, pero que oprima, que deje en pie los
privilegios y que sólo se limite a una simple reforma en el derecho
de propiedad? ¿Una dictadura de los intelectuales con ribetes de
comunismo, pero de comunismo de convento, comunismo de jerarquías,
una especie de aristarquía de que tiene hablado Unamuno? Pero cualquier
forma de gobierno que suceda a lo conocido hoy como régimen capitalista,
cualquiera de los citados, ha de ser fatal para los proletarios, pero
más fatal, fatalísimo, para los anarquistas y los sindicalistas
y para todos aquellos que, sin militar en grupos ni en sindicatos, creen
que la vida sólo debe estar regulada por la máxima libertad
y el apoyo mutuo.
Por esto hay que pensar en dar a nuestras organizaciones una estructura
de capacidad revolucionaria, pero capacidad constructiva que pueda evitar
este desgajamiento de una conmoción hacia finalidades opresoras
que retrasen por más años o más siglos la felicidad
a que aspiran los pueblos. Pero con ello, su crea un Estado igualmente.
No es eso, no se crea nada porque ya está creado; se trata simplemente
de que las Federaciones de industria, o sea, las grandes agrupaciones
de productores, organicen la nueva vida evitando un nuevo afianzamiento
del capitalismo o una dictadura que, en nombre del proletariado, lo que
haga sea oprimir al proletario.
La revolución tiene dos aspectos. El de la destrucción,
para el que precisan las armas, algo como lo sucedido en Rusia, que al
volver los ejércitos con la fatiga de la lucha, cansados de la
crueldad de la guerra, enfunden las armas como mal menor, o las vuelvan
contra los opresores como mal mayor. Y luego queda la parte constructiva,
la que ha de ser obra de los trabajadores preparados con sus Comités
de fábrica, sus Comisiones de Estadística que sabrán
poner el mundo en marcha, que moverán los ferrocarriles, los buques;
que arrancarán de la tierra los productos para alimento de las
industrias ; los que derribarán los pueblos antihigiénicos,
los que harán derrumbar las pocilgas para que en los edificios
haya aire y sol, justicia y libertad y cariño; pero todo ello sin
leyes coercitivas, sin reales decretos, sin gendarmes, sin látigos,
sólo respondiendo al sentimiento que ha de surgir del alma de los
hombres para practicar la solidaridad, el bien, el apoyo mutuo.
Esta es la obra del Sindicalismo. Esta es la obra de los Sindicatos. Esta
es la obra que señala Peiró en este esbozo de libro. Este
es el pensamiento que brindamos a todos para que estudien, le discutan,
le combatan, pero presentando a su lado algo que le supere en materia
de organización, ya que ni Peiró ni yo, ni aquellos que
consideran buena esta Obra, vivimos aferrados al sectarismo y admitiremos
siempre, siempre toda modalidad que mejore lo conocido, ya que en algunos
aspectos puede ser axiomático aquello de: Renovarse o morir.
Y los tiempos son de renovación y revolución. Hoy los siglos
son años y los años casi minutos. Detenerse un momento significa
detenerse larguísimo tiempo. Porque la historia camina velozmente
y al rozar nuestro rostro nos indica cómo hay que prepararse. Y
el dilema es este: o dar paso a nuevas dictaduras o estructurar la organización
sindical en forma de que sea ésta el árbitro en una situación
revolucionaria. Es decir, hacer del Sindicalismo, como determina la corriente
que mana de este folleto, el crisol donde se vaya fundiendo la sociedad
libertaria.
Esta ha sido la pretensión de !Despertad!; éste creo es
el pensamiento de muchos militantes . Esto hace Peiró al dejar
sobre el papel su pensamiento. Y tanto el autor como los que indirectamente
cooperamos a que su trabajo constituya un tomo más en las bibliotecas
de los trabajadores, en la biblioteca de los libertarios, nos daremos
por satisfechos si conseguimos que la CNT se estructure como aquí
queda indicado. Nos daremos por satisfechos con que los anarquistas, de
cuya familia formamos parte, mediten, piensen a dónde llega el
valor moral de los trabajos de Peiró, ya que así pensarán
en lo que espera de nosotros la humanidad que vive sepultada, lo que espera
de nosotros la historia, lo que espera de nosotros la libertad que puede
ser mancillada aún después de la revolución.
A ver si entonces nos damos todos a la tarea de reconstruir hoy para destruir
mañana con más seguridad; para que la obra de tantos años
quede bien afianzada.
José VILLAVERDE.
Vigo, agosto de 1930.
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